Venecia, 1729. Una presencia oscura e inquietante se esconde en sus calles.
Al amanecer de un tórrido día de verano, el cuerpo sin vida de un hombre aparece en el Puente de las Agujas. Una nota sujeta con un estilete clavado en el pecho del cadáver lleva inscrita una sola palabra: «Canaletto». En el cuello, dos heridas demasiado irregulares para ser causadas por un arma blanca sugieren más bien una mordedura de animal, pero ¿qué animal podría dejar tales marcas? Mientras Canaletto intenta esclarecer el misterio, se declara un terrible incendio, en el que pierde la vida alguien muy cercano al pintor, y que parece llevar la firma inconfundible de una persona a quien Canaletto conoce bien y que parece haber regresado del pasado para derramar más sangre en la ciudad.
La caída en julio de 1714 del "puente más lindo de todo el Perú" y la consecuente muerte de cinco viajeros, inducen a fray Junípero, fraile franciscano, a iniciar una investigación sobre las causas del accidente. Y poco a poco, durante seis largos años, por caminos inesperados, irán entretejiendo la historia, para al final, quedar a las puertas de la muerte en la hoguera. La emocionante peripecia y la colorista reproducción del Perú de los vireyes, bajo el Imperio español no ocultan, sin embargo, una aguda exposición de lo que es esencialmente una cuestión metafísica: la naturaleza de la voluntad divina. El puente de San Luis Rey, segunda novela escrita por el maestro Thornton Wilder, tuvo una gran acogida en el momento de su publicación y ganó el Premio Pulitzer ese mismo año 1928. Desde entonces ha sido venerada por legos y críticos y sigue siendo hoy considerada como una de las grandes novelas del siglo XX. Sin duda, una auténtica perla, una pequeña obra maestra que fue llevada a la gran pantalla con Robert de Niro como protagonista.
na obra historiográfica clave que ahonda en el concepto de cultura y sus distintos matices.
Norte de Italia, finales del siglo XVI. El Santo Oficio acusa de herejía a un molinero, Domenico Scandella, al que todos llaman Menocchio. El procesado sostiene que el mundo se originó en «un caos» del que surgió «una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y éstos fueron los ángeles». A lo largo de dos procesos inquisitoriales la peculiar cosmogonía del reo se opone tozudamente a la de aquellos que le interrogan.
A partir del análisis de las creencias de Menocchio —finalmente declarado culpable y sentenciado a arder en la hoguera— y de los expedientes judiciales del caso, Carlo Ginzburg reconstruye en este clásico contemporáneo un fragmento de la llamada «cultura popular» —condenada, en general, al ostracismo— que se erige, por su singularidad, en símbolo de su tiempo y en una especie de eslabón perdido de un mundo oscuro, difícilmente asimilable al presente, pero del que de alguna manera somos deudores.
Al comenzar su trabajo como enfermera en una prisión de máxima seguridad, Brooke Sullivan enseguida aprende que hay tres normas cruciales:
1. Trata a los prisioneros con respeto.
2. Nunca reveles información personal.
3. Nunca jamás intimes con los reclusos.
Lo que nadie sabe es que Brooke ya ha roto las reglas. Nadie conoce su estrecha conexión con Shane Nelson, uno de los presos más peligrosos de la cárcel.
Desde luego no saben que Shane fue el novio de Brooke en el instituto, la estrella del equipo de fútbol americano, el chico perfecto que ahora cumple cadena perpetua por una serie de cruentos asesinatos. O que fue el testimonio de Brooke lo que le llevó allí.
Pero Shane lo sabe. Sabe más que nadie. Y nunca lo va a olvidar.
El reencuentro de los compañeros de armas transmite con asombrosa vivacidad los sentimientos de dos veteranos del ejército de las aldeas rurales de la China más profunda.
Uno de ellos murió en el frente de forma ignominiosa. El otro llegó a ser oficial. Los dos amigos se reúnen en espacios imaginarios y hablan de la vida, de su infancia campesina, de sus años en los cuarteles, de sus amores frustrados y de las batallas donde, en todas partes, la farsa compite con la tragedia.
Y llegamos a un lugar que, aún a día de hoy, no sabría muy bien cómo definir. Quizá es ese sitio al que te trasladas cuando suena el timbre del recreo, o allí donde vamos al cerrar los ojos justo antes de soplar las velas, o el viento en el que flotamos al recibir uno de esos abrazos que nos sostienen el cuerpo, las dudas y los miedos...
¿Quién sabe? O quizá no era más que la parte trasera del armario en el que se había convertido mi vida: ahí donde se almacenan prendas que jamás volverás a ponerte pero que te da pena tirar.»