Hubo una edad en que «hicimos todo lo que ha - bía que hacer», pero, de pronto, los años se agolparon —no sabemos exactamente cuándo— y una retahíla de vocablos —«ausencia», «desamor», «lejanía»— nos dejó solos con las preguntas: «¿adónde van los días que pasan?» «¿Cuál será el porvenir de mi pasado?».
Desde hace dos mil años, publicada en 1934, es una de las grandes novelas-testimonio del siglo XX europeo. En ella, Mihail Sebastian, figura clave de la vida intelectual rumana de entreguerras, despliega una meditación narrativa de asombrosa modernidad sobre la identidad, la exclusión y la fractura interior de un tiempo a punto de estallar. En un tono que combina el diario íntimo, la crónica existencial y la observación política, seguimos el recorrido de un joven estudiante judío en la Universidad de Bucarest que se enfrenta al antisemitismo de sus compañeros y profesores. Ajeno al sionismo, crítico con toda forma de fervor ideológico, Sebastian escribe desde una posición tan incómoda como iluminadora: la del que observa desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Entre cafés, libros y debates universitarios, y bajo la sombra creciente del fascismo, el narrador asiste a la transformación de su país y de sí mismo, a la intemperie en una Europa que va cerrando puertas.
Javier Marías rinde homenaje en este libro a uno de los novelistas contemporáneos que más admiraba: Vladimir Nabokov. Su intención era conmemorar a un escritor con el que se sentía en deuda literaria y animar a los lectores a que lo busquen con más frecuencia.
Marías nos cuenta, por ejemplo, que un día de 1950 la mujer de Nabokov, Véra, logró detenerlo cuando se disponía a quemar los primeros capítulos de Lolita, agobiado por las dudas y las dificultades. También que le molestaba mucho que le atribuyeran influencias, fueran de Joyce, Kafka, Proust o de Dostoyevski. Y que los mayores éxtasis los experimentó a solas: cazando mariposas, creando problemas de ajedrez, traduciendo a Pushkin y escribiendo.