Si hay algún idioma y siglo donde la tradición reconozca a las mujeres a la misma altura que sus colegas varones, esa es sin duda la Inglaterra del siglo XIX. El lector encontrará en sus páginas el talento visionario de las tres hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne). Elizabeth Barret Browning nos sirve una serie de sonetos analizando los movimientos más sutiles y apasionados del enamoramiento. Mary Shelley escribe sobre la pérdida del ser querido. George Eliot medita sobre la bondad y el paso del tiempo y Christina Rossetti nos pasea por el lado mágico de la vida. Nombres que se combinan con los de Wordsworth, Byron o Keats para aupar la poesía inglesa del XIX como una de las más fascinantes y variadas de la literatura universal. El XIX inglés es el Siglo de Oro de la poesía escrita por mujeres.
Publicado originalmente en 1915, Antología de Spoon River es un gran fresco de la vida en un pueblo del Medio Oeste norteamericano que se convierte, por obra y gracia de la palabra poetica, en emblema de los deseos y las pasiones, los miedos y las angustias, las aspiraciones y las renuncias, los triunfos y las derrotas vitales de todos y cada uno de nosotros. Los 244 personajes que desfilan por sus páginas nos hablan desde la tumba y pronuncian su propio epitafio. Al hacerlo, nos dan un fragmento de vida que se entreteje con todos los demás para urdir la gran epopeya norteamericana del siglo veinte. Esta edición bilingüe de Antología de Spoon River, que presentamos en la soberbia traducción de Eduardo Moga, no es solo un libro clásico, sino tambien un libro vivo, crónica palpitante de la interioridad humana. Y sus personajes son una representación fidedigna de los caracteres del mundo, habitantes de un rincón de los Estados Unidos, pero moradores posibles de cualquier nación, de cualquier paisaje.
Una antología personal con motivo del centenario del autor uruguayo, el poeta contemporáneo en español más querido por varias generaciones de lectores.
«Mario Benedetti es el poeta de los poetas. Y ese es un cargo que solo a los poetas que se han hecho a sí mismos no les pesa. No le conocí como hombre, pero intuyo en sus versos la arena mojada de sus dedos, y eso es casi igual de revelador. Que viva Mario, que viva su poesía.»