Antes de que su nombre se convirtiera en una referencia ineludible para pensar las grandes preguntas de la ciencia y sus relaciones con el vértigo, la destrucción y la locura, Benjamín Labatut escribió La Antártica empieza aquí, su primer libro, una colección de cuentos que contenía, en estado larvario, las obsesiones que iban a marcar su literatura posterior.
Publicados originalmente en 2010, y revisados por el autor para esta nueva edición, los cuentos presentan historias en las cuales la realidad se descompone y la experiencia humana se vuelve extraña. Seis narraciones atravesadas por una sensación de amenaza difusa y de violencia latente en las que una decisión mínima lo puede trastornar todo. Algo se quiebra sin estruendo: una certeza, una relación, una identidad. Aquí, la Antártica, más que un lugar o un destino físico, es una frontera: el límite tras el cual se encuentra la muerte o la revelación, el umbral donde el lenguaje comienza a fallar y el ser humano se expone a su enorme fragilidad.
Este es uno de los poemas más asombrosos de toda la literatura universal. En él lo primero que llama la atención es su desmesurada longitud, más de un millar de versos; pero cuando vemos que consiste en un debate monologado sobre la fe y la incredulidad, no nos extraña que el lector inglés de mediados del siglo XIX (se publicó en 1855, dentro de los dos volúmenes de Hombres y mujeres) diera la espalda a una idea tan insólita, por no decir extravagante.
Un obispo católico inglés, de sobremesa y entre vasos de clarete, se entrega a un largo soliloquio en presencia de un librepensador que ha escrito sobre él. La Apología, con su utilitarismo pragmático, que quizá Browning no se toma muy en serio, tiene un doble filo; tanto los agnósticos como los creyentes van a sentirse inseguros con este personaje; en resumidas cuentas, no sabemos si es simpático o no, si estamos o no de acuerdo con él, si convence o no convence. Y el final abierto del poema aumenta las dudas en vez de disiparlas.
En un islote del Báltico, al norte de Estocolmo, cerca de un antiguo cementerio de enfermos del cólera, un grupo de excursionistas topa con un macabro hallazgo: una bolsa atada a un árbol y en su interior un cadáver disuelto en productos químicos. La policía no tardará en descubrir que el cuerpo pertenece a una de sus agentes, Margot Silverman.