La ciudad más bella del mundo ha acogido a maestros del vidrio durante cientos de años. ¿Hay lugar para una mujer entre todos ellos? Orsola Rosso está a punto de dejar su huella.
Venecia, 1486. Al otro lado de la laguna se encuentra Murano. Aquí el tiempo fluye de forma diferente, como el cristal que los maestros de la isla se pasan la vida aprendiendo a moldear. Las mujeres no deben trabajar el vidrio, pero Orsola Rosso ignora las convenciones para salvar a su familia. Trabaja en secreto, sabiendo que sus obras deben ser perfectas para ser aceptadas por los hombres. Pero la perfección puede llevar toda una vida. Saltando a través de los siglos, seguimos a Orsola Rosso mientras perfeccionan su arte a través de la guerra y la peste, la tragedia y el triunfo, el amor y la pérdida.
Skye lleva años en busca de la historia perfecta, pero esta parece no llegar nunca. Una trama tras otra, es incapaz de poner punto final a ninguna de sus novelas. Y cuando la inspiración la abandona, lo único que le queda es Books & Mac, la librería en la que trabaja junto a Gavin, su misterioso y atractivo jefe, el mismo que no le da ni la hora.
Pero Edimburgo tiene una magia especial y, una vez al año, se viste de flores y fuego para celebrar Beltane. En esa noche, los límites de lo real y lo imposible se desvanecen, y la ciudad le concederá una última oportunidad para reconciliarse con su sueño: una pluma con la que dar vida a sus historias y un año para conseguirlo.
Entonces Skye descubrirá que aquello que más deseamos a menudo tiene un alto precio, sobre todo cuando aparezca Jack para poner su vida patas arriba con su sonrisa atrevida y un carisma arrollador.
Dicen que los cuentos de hadas no existen. Pero en las historias, como en el amor, todo es cuestión de magia.
Al pueblo ha llegado «la mala hora» de los campesinos, la hora de la desgracia. La comarca ha sido «pacificada» después de tanta guerra civil. Han ganado los conservadores, que se dedican a perseguir cruel y pertinazmente a sus adversarios liberales. Al alba de una mañana, mientras el padre Ángel se dispone a celebrar la misa, suena un disparo en el pueblo. Un comerciante de ganado, advertido de la infidelidad de su mujer por un pasquín pegado a la puerta de su casa, acaba de matar al presunto amante de ésta. Es uno más de los pasquines anónimos clavados en las puertas de las casas, que no son panfletos políticos, sino simples denuncias sobre la vida privada de los ciudadanos. Pero no revelan nada que no se supieran de antemano: son los viejos rumores que ahora se han hecho públicos, y a partir de ellos estalla la violencia subyacente a la luz tórrida, espesa, cansada y pegajosa, en una serie de escenas encadenadas de inolvidable belleza.
«El padre Ángel se incorporó con un esfuerzo solemne. Se frotó los párpados con los huesos de las manos, apartó el mosquitero de punto y permaneció sentado en la estera pelada, pensativo un instante, el tiempo indispensable para darse cuenta de que estaba vivo, y para recordar la fecha y su correspondencia en el santoral. "Martes, 4 de octubre", pensó; y dijo en voz baja: "San Francisco de Asís".»
Emir Rodríguez Monegal dijo...«En La mala hora García Márquez no sólo aporta su maestría sino una capacidad de superar el realismo por la vía de una exasperación de las situaciones y de una discreta alegorización de los motivos esenciales de la novela.»