Un domingo de agosto de 1926, cuando Magdalena Laparra ha vuelto de Cuba para pasar las vacaciones con su familia, coge a sus dos hijos, uno de cada mano, y se mete al mar en la playa de Biarritz con la intención de ahogarse. La niña de siete años, Elsa, advierte algo extraño en la actitud de su madre y consigue escapar tras un forcejeo. El niño pequeño en cambio, de solo dos años, muere ahogado y Magdalena es internada en un psiquiátrico por el resto de su vida. Dieciocho años después, Elsa, la niña superviviente al ahogamiento, que ahora tiene 25 años, y acaba de separarse tras saber que su marido ha tenido un hijo con otra mujer, vuelve a España a casa de su abuela en busca del oscuro relato familiar. Para Elsa, ese viaje no solo supondrá el descubrimiento de un origen traumático, sino que se verá inmersa en un turbulento triángulo amoroso con un oficial del ejército alemán, que ha venido a controlar la frontera franco-española, y un pescador local que ejerce de contrabandista y forma parte de una célula de la resistencia contra la invasión de los nazis.
Esta es la historia de Hans Castorp, un joven y modesto ingeniero que llega a un sanatorio ubicado en los Alpes suizos para visitar a su primo. La estancia que preveía corta se dilata en el tiempo y acaba formando parte de esta nueva forma de vida en la que se relativiza el transcurso del tiempo. Sentado en el balcón del sanatorio y envuelto en una manta, Hans reflexiona acerca de la vida, la muerte y el amor. El resultado es una de las grandes obras maestras de la literatura universal, que ofrece un retrato de la Europa de principios del siglo XX al mismo tiempo que hace una profunda reflexión acerca de la condición humana.
La imaginación romántica que impregnó su juventud le prestó algunas de sus inspiraciones: las apariciones, el mundo de ultratumba, el vampirismo, el diablo, el tema del doble, la indiferenciación entre el estado de sueño y el de vigilia… Sus cuentos se desarrollan en escenarios reconocibles –castillos nórdicos, el antiguo Egipto, las ruinas de Pompeya– pero también en algunos poco comunes como la época rococó, donde los elementos sobrenaturales se mezclan inusualmente con la aventura galante. En casi todos ellos se narra la iniciación de un joven al amor, en la que el «alma, liberada de su prisión de barro, flotaba en lo vago y lo infinito» y la materialización subyugante de la mujer idealizada, inalcanzable, que supera incluso lo soñado, le deja con la melancólica sensación de que ya no habrá, después de ese contacto fantasmagórico, felicidad para él en la tierra. La muerta enamorada y otros relatos fantásticos (1831-1852) reúne siete magníficos ejemplos de «fascinación inexplicable», siempre tortuosos pero no exentos a veces de cierto tono burlesco, combinado con un deslumbrante talento para la creación de imágenes poéticas.