La Soledad mira impotente el desamparo y desmoronamiento en el que la gente y las relaciones van cayendo. Reflejo del ecocidio, del trueque tramposo entre «humanidad» e inteligencia artificial, de las familias frágiles y de una infancia diluida, esta finca será testigo del dolor y la angustia de Antonia. Sintiéndose intelectual y físicamente inferior a todos, ella creerá, por momentos, que hay salidas luminosas. A veces, gracias a la literatura; en ocasiones, en la complicidad con otros igual de rotos que ella. Pero el ir y venir entre el rechazo y la indiferencia de su madre será su constante y obligada vuelta a la realidad. Eso y la atmósfera contaminada por el poder, la corrupción, las adicciones y las enfermedades futuras que ya se van instalando en su joven cuerpo. Sabe que está, estuvo y seguirá estando sola..., salvo, quizá, por la permanente presencia del narrador, esa voz del futuro y del pasado, intrusiva, a veces divertida y siempre trágica, que no tiene ningún tipo de concesión. Ni con ella, ni con el lector.
«Yo soy la oscuridad.
Para mí no hay redención, ni emoción, ni nada. Nada más que tú.
Tú eres la luna de mi noche oscura, flamma.
Tú eres lo único de este cielo negro que puede sobrevivir cuando yo lo devore todo.
En este espacio no existen las estrellas, solo tú y yo.
Tú me necesitas para brillar y yo necesito que tú existas. Así de sencillo».
¿Qué sucede cuando la obsesión más despiadada se topa con su fijación más oscura?
Ella vive en las sombras. Él las gobierna.
Ella es la luna, y él es la noche oscura que la envuelve.
Ella está rodeada de demonios, y él es el peor de todos. Y ha decidido que ella le pertenece.
Pasión, obsesión, posesión. La suya es una historia de peligro, miedo, deseo y los sabores más oscuros del amor.