Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë, una de las tres hermanas Brontë, contiene la quintaesencia de la novela romántica inglesa decimonónica. En sus páginas se suceden los amores apasionados limítrofes con el incesto, los odios agriados que se prolongan durante generaciones, los celos, las apariciones espectrales y las tormentas, todo ello narrado con una fuerza y un brillante retrato de personajes que la han convertido en un clásico imperecedero.
Emily Brontë fue la mediana de las hermanas Brontë y, al igual que Anne y Charlotte, se convirtió en una afamada escritora gracias a su única novela, publicada un año antes de su muerte bajo un seudónimo masculino. Cumbres Borrascosas narra la desgarradora relación entre Catherine y Heathcliff, una historia de amor, pero también de celos, de odio y de venganza. Alejada del romanticismo tradicional, la novela supuso toda una revolución en cuanto a su estilo y su estructura, y aunque la crítica del momento le brindó una tibia acogida, el tiempo ha acabado concediéndole el lugar que se merece como uno de los grandes clásicos de la literatura universal.
Cumbres Borrascosas, la historia del amor imposible entre Catherine y Heathcliff ambientada en los desolados brezales de Yorkshire, constituye una asombrosa visión metafísica del destino, la obsesión, la pasión y la venganza. En ella, Emily Brontë rompió con los cánones del decoro que se le exigían a toda novela en su tiempo, tanto en cuanto al tema como a la descripción de los personajes, pero la originalidad de su estructura narrativa y la fuerza de su lenguaje la convirtieron en una de las obras más perdurables e influyentes de la literatura inglesa.
Mi nombre es Valeria y acabo de romper con mi novio delante de toda su familia cuando se suponía que anunciaríamos nuestro compromiso, y, para colmo, es el día de los enamorados. ¿Se puede caer más bajo? Al parecer, sí, porque mis amigas me sacaron de fiesta para olvidarme del dolor y acabé en la cama de un Cupido francés con cuerpo de dios griego. ¿Qué quién es Cupido? Ojalá lo supiese porque me urge hablar con él sobre el pequeño regalo que me ha dejado y que llegará en menos de nueve meses a mi caótica vida. Por suerte, tengo unas amigas tan maravillosas como locas que me apoyan y no han dudado en ayudarme a localizarlo. ¡Francia, allá vamos!
Su protagonista, Christopher Boone, es uno de los más originales que han surgido en el panorama de la narrativa internacional en los últimos años, y está destinado a convertirse en un héroe literario universal de la talla de Oliver Twist y Holden Caulfield. A sus quince años, Christopher conoce las capitales de todos los países del mundo, puede explicar la teoría de la relatividad y recitar los números primos hasta el 7.507, pero le cuesta relacionarse con otros seres humanos. Le gustan las listas, los esquemas y la verdad, pero odia el amarillo, el marrón y el contacto físico. Si bien nunca ha ido solo más allá de la tienda de la esquina, la noche que el perro de una vecina aparece atravesado por un horcón, Christopher decide iniciar la búsqueda del culpable.
Mientras la vida en la Argentina se cargaba de oscuros presagios, Borges y María Kodama emprendieron el viaje a los Estados Unidos invitados por el profesor Donald Yates, uno de sus primeros traductores al inglés, quien registró, con su pequeño grabador portátil, el curso completo que Borges dio ante un reducido grupo de estudiantes de habla hispana. Gracias a un meticuloso trabajo de transcripción de esas grabaciones, este volumen recupera el tono espontáneo e intimista que tuvieron esos encuentros, donde reverbera la irónica y sinuosa voz de un Borges que en la década de 1970 ya era una celebridad en el ambiente cultural y académico estadounidense. Por sus páginas desfilan, siempre enmarcados en sus circunstancias históricas, el Facundo y las batallas de Sarmiento, la figura del gaucho en Hilario Ascasubi, las fallidas lecturas del Martín Fierro y la renovación que trajo el modernismo, entre múltiples temas y autores. Borges enriquece cada clase con los recuerdos de su abuela sobre la vida en la frontera en el siglo XIX, con las anécdotas de su madre sobre Almafuerte, con narraciones míticas oídas en la estancia de Adolfo Bioy Casares o con evocaciones personales de Lugones o de Groussac, pero también con incursiones en la mitología griega o escandinava, y con luminosas digresiones sobre Shakespeare, Whitman o la amistad, para él una de las grandes pasiones argentinas.