La de Bioy Casares es una obra extraordinaria y vigente que, además, ofrece una especie de enigma: esa etapa entre 1929 y 1940 en la que publicó varios libros de los que él mismo prefirió no acordarse. En Memorias, sin embargo, ofrece algunas precisiones al respecto.
En estas páginas habla también de sus primeros perros y caballos, de sus disidencias con el grupo Sur, de su acceso al género fantástico a partir de un espejo veneciano en el cuarto de vestir materno, de su compleja relación con Silvina, de ese folleto sobre el yogur y la leche cuajada que significó el debut de una de las sociedades literarias más destacadas de todos los tiempos con Jorge Luis Borges, de la estancia de los Bioy en Pardo y de un inolvidable hotel que lo motivó a escribir ese particular cóctel que él define con toda naturalidad y terminó por convertirse en uno de los estilos más reconocibles de la literatura argentina: "historias donde conviven animales feroces, que sugieren épocas bárbaras y frívolos turistas de nuestro tiempo".
Félix F. Yusúpov nació en una de las más antiguas y poderosas familias de la aristocracia rusa. La muerte de su hermano mayor Nikolái en un duelo lo convirtió en heredero de una inmensa fortuna. En estas Memorias de antes del exilio, escritas en francés y publicadas en 1952, la recreación de una vida de fastos y lujos casi increíbles se alterna con observaciones sagaces sobre la avaricia; la fe en presagios y apariciones, con el horror al falso misticismo; la complacencia en el poder, con momentos de duda y crisis. Yusúpov fue el instigador y responsable principal del asesinato de Rasputin, que para él debía abrir una nueva era de regeneración en Rusia. Lo que siguió, sin embargo, fue la Revolución soviética, que lo desposeyó de sus riquezas y lo lanzó al exilio.
«Soy un hombre enfermo… Soy un hombre lleno de rabia. Un hombre desagradable, también».
Así se presenta el narrador anónimo de Memorias del subsuelo, una de las voces más perturbadoras y fascinantes de la literatura moderna. Desde su escondrijo en San Petersburgo, este hombre lúcido hasta la enfermedad y orgulloso hasta la autodestrucción desgrana una confesión que es a la vez diatriba, autopsia moral y descenso a las zonas más incómodas de la conciencia. Entre invectivas, paradojas y destellos de ternura, retrata su batalla íntima contra el mundo ―y contra sí mismo― con una sinceridad que duele.
Considerada la primera gran novela existencialista, esta obra breve e incandescente inaugura muchas de las preguntas que definirían el siglo XX: la libertad, el deseo de autodestrucción, el placer del sufrimiento, la imposibilidad de ser uno mismo. Dostoievski, maestro insuperable del alma humana, despliega aquí todo su genio en una nueva traducción de Jorge Ferrer que ilumina con precisión quirúrgica la voz del hombre del subsuelo.