En este libro Couto mantiene su visión poética y casi mítica, creando mundos con dosis exactas de ironía y humor, para poner un ojo crítico en la historia de Mozambique. Su literatura interroga suavemente a las sociedades poscoloniales y pone a dialogar tanto a sus diferentes habitantes como a sus memorias. Se trata de una literatura certera y mágica a la vez. Así, con ternura, estos cuentos develan la complejidad y diversidad de la sociedad contemporánea.
«Una serpiente deambula por las calles de Santiago», se dice al comienzo de esta novela que hace del desborde y del callejeo su espíritu. Baltazar, el protagonista, es un atractivo prostituto que recorre plazas y bares a fines de la década del sesenta y comienzos de los setenta buscando clientes. No le faltan. Dos de ellos, jóvenes como él, pertenecen a sectores sociales y políticos enfrentados, pero coinciden en el deseo
que los quema y que los lleva al mundo de Baltazar, la noche, los cines triple equis, las fiestas interminables y los cabarets donde se encuentran personajes de todo tipo.
Pero el convulso presente político de Chile permea las relaciones, las conversaciones y los planes, arrojando una sombra espesa y dolorosa sobre el porvenir. Alfredo Andonie, en su primera y arrojada novela, presenta este relato a través de una escritura que no es ajena a los impulsos sensuales de sus personajes, una escritura serpenteante, erótica, que apoyada en una sólida estructura ofrece el fresco de un tiempo alucinante, embriagador.
«¿Con quién pasarías el fin del mundo?» podría parecer una pregunta hipotética, pero para Angélica, que vive en un mundo dominado por la catástrofe climática, con estaciones extremas y días de encierro, se vuelve una obsesión. En Madrid, Manu y Susana, sus vecinos, amigos, amores, representan una opción posible: los tres juntos, acostados en el parque; juntos, abrazados viendo alguna película en el cuarto de Manu; juntos, durante la emergencia, en el bar que atiende Susana. Antes de responder, Angélica debe regresar a México llevándose con ella esa pregunta, que la acompañará incluso después del colapso global.
Todos los fines del mundo es una historia dividida en tres partes que se desplaza con gran inteligencia entre lugares, géneros literarios y temporalidades, e indaga la tenue división entre la amistad y el amor. Con fuerza y talento narrativo, Andrea Chapela nos devuelve con esta novela una esperanza de futuro incluso en medio del desastre.
«... el tango nos da a todos un pasado imaginario [...], todos sentimos que, de un modo mágico, hemos muerto “peleando en una esquina del suburbio”.»
Gracias a los tres mil pesos que le otorga el segundo Premio Municipal de Literatura, Borges dedica el año 1929 a una investigación sobre el poeta Evaristo Carriego que se transforma en un profundo y revelador estudio sobre el mundo del tango. Más de treinta años después revive ese mundo, que lo había adentrado en los bajos fondos de la Ciudad de Buenos Aires, en cuatro conferencias que dicta los lunes de octubre de 1965 a las siete de la tarde en un departamento del barrio porteño de Constitución. Lúcido y ocurrente, Borges exhuma el Palermo y el Sur de antaño, poblados de compadritos, bravucones, niños bien pandilleros, «casas malas» y milongas, para interpelar el origen, los símbolos, los mitos y la lírica de la música emblemática del Río de la Plata. Transcritas por primera vez en este libro, estas conferencias ofrecen un encuentro prodigioso: el de Borges y el tango, para él «un símbolo de felicidad.»
Mardoqueo Vanín y otros doce frailes pintorescos aterrizan en el territorio de los indios Uao con una misión: convertirlos en Hijos de Dios para impedir su exterminio a manos de las fuerzas militares. Escoltados por cuatro guías y cuatro monjas novatas en expediciones, los salvadores se adentran en la manigua. La misión comienza como una aventura tragicómica de religiosos minúsculos ante la ferocidad del trópico, pero, a medida que pasan los días y avanzan los planes ocultos del general Máximo Agrícola, la jungla se convierte en escenario y víctima de la más perversa crueldad humana.
Lluvia de frailes en la selva es una lúcida sátira sobre la eterna conquista de América Latina. Una novela llena de misticismo y lujuria que nos habla de la hipocresía del poder, el absurdo de la codicia y las distorsiones de la historia. Con una prosa vivaz, exuberante y de gran potencia visual, Evelio Rosero construye un mundo al mismo tiempo inhóspito y palpitante.
Tras el éxito de Nuestros años verde olivo y Detrás del muro, Roberto Ampuero vuelve a la no ficción con un libro tan personal como político. Estas páginas no buscan la neutralidad del balance diplomático retrospectivo ni el tono frío del memorándum oficial, sino que son el testimonio en primera persona de un escritor que estuvo en el centro del poder en una etapa de inflexión global.
Ampuero narra desde dentro y sin intermediarios su paso por la Cancillería durante el segundo gobierno de Sebastián Piñera. De la visita oficial a Donald Trump en la Casa Blanca a la tensa jornada en Cúcuta y de la polémica gira a China a conversaciones donde se plantean apasionantes cuestiones estratégicas, el autor reconstruye episodios clave de la diplomacia chilena reciente con memoria afilada y vocación narrativa.
Más que una crónica de viajes o una sucesión de hitos políticos, Entre la pluma y la política es una reflexión sobre el ejercicio del poder, las tensiones entre principios y pragmatismo, y la acelerada reconfiguración del orden mundial. Ampuero observa cómo cambian las reglas del juego internacional y qué lugar debería ocupar un país como Chile en ese escenario. Un testimonio que acerca la realidad del mundo diplomático a la ciudadanía que solo lo imagina puesto que vive lejos de él.
«Tres adolescentes de provincia asesinadas en los años ochenta, tres muertes impunes ocurridas cuando todavía, en nuestro país, desconocíamos el término femicidio.»
Tres asesinatos entre los cientos que no alcanzan para titulares de tapa ni convocan a las cámaras de los canales de Buenos Aires. Tres casos que llegan desordenados: los anuncia la radio, los conmemora un diario del pueblo, alguien los recuerda en una conversación. Tres crímenes ocurridos en el interior del país, mientras Argentina festejaba el regreso de la democracia. Tres muertes sin culpables. Estos casos, convertidos en obsesión con el paso de los años, dan lugar a una investigación atípica e infructuosa.
Las siestas y los arroyos, los cardos y las máquinas, los caminos del litoral argentino. El calor. Compañeros, hermanos, abuelas, padres, amantes, amigos. Y, entre todos ellos, los códigos tácitos que revelan el carácter de los vínculos que los unen o los diálogos que los consienten y transforman, pero que solo una autora de su talento permite que se escuchen cuando se los lee. En El desapego es una manera de querernos, Almada despliega toda la original potencia de su prosa.
Linaje de pobres y abandonados, los varones asumen como propios los odios paternos. Marciano Mirando y Pajarito Tamai actúan la coreografía y repiten las palabras que los hombres dicen. El coito, la pelea, el resentimiento. Sin embargo, aun en esas tramas culturales aparentemente rígidas, el amor y el deseo toman sus propias formas.
En Ladrilleros, Selva Almada crea con extrema delicadeza personajes complejos: inteligentes, fieros, desencantados, vitales, hasta tiernos. El mundo masculino despliega en esta novela portentosa sus secretos y pone en cuestión sus arcaicas rutinas. La autora evita la indulgencia, tampoco los condena. Escucha sus diálogos, despliega el paisaje del litoral que habitan y respira el aire caliente de la atmósfera. Reconstruye sus historias al tiempo que les da la libertad para desobedecerlas. Del parto a la muerte, parecer sugerir, no hay un solo camino.
La toma que se repite. Los susurros de los qom y su prolijo caminar de fila escolar ante las cámaras. Las máquinas que se empantanan. El calor y el barro. Los trajes y las pelucas. El casting. Pueblos fantasma transformados en escenografía; vecinos, en españoles e indígenas; campos, en los páramos donde Don Diego de Zama espera en vano el ascenso que lo saque del ostracismo y la apatía. Mientras Lucrecia Martel filma, Selva Almada observa, pregunta, escribe. Y esas notas -sutiles, líricas- son mucho más que un inspirado e irreverente diario de filmación: son un dispositivo óptico, sensible, que ilumina, fragmenta y profundiza en el mito literario de Zama, atravesando las páginas y las imágenes, de la película al libro.