«¿Te gusta la oscuridad? Perfecto. A mí también» es cómo inicia Stephen King el epílogo de este nuevo y magnífico volumen de doce relatos que se adentran en la parte más sombría de la vida. King lleva más de medio siglo siendo un maestro literario, y estas historias sobre el destino, la mortalidad, la suerte y los múltiples pliegos de la realidad son tan ricas y absorbentes como sus novelas. El autor escribe «para sentir la emoción de dejar atrás la rutina», y en Si te gusta la oscuridad los lectores sentirán, una y otra vez, esa misma emoción.
«Dos cabrones con talento» nos revelará el secreto de cómo estos dos caballeros adquirieron sus habilidades. En «El mal sueño de Danny Coughlin», una explosión psíquica inesperada pone patas arriba la vida de docenas de personas, incluido Danny, con catastróficos resultados. «Serpientes de cascabel», secuela de la novela Cujo, nos presenta a un viudo que viaja a Florida buscando descanso y, en su lugar, se topa con una inesperada herencia... con más de una atadura. En «Los soñadores», un taciturno veterano de la guerra de Vietnam acepta un encargo y descubre que hay algunos rincones del universo que deberían quedar inexplorados. «Hombre Respuesta» nos plantea si el don de la clarividencia es una bendición o una maldición, y nos recuerda que incluso una vida marcada por la tragedia tiene significado.
La habilidad del Rey del Terror para sorprender, inspirar y provocarnos tanto miedo como consuelo al mismo tiempo no tiene parangón. Cada uno de estos relatos contiene sus propios escalofríos, alegrías y misterios, y todos son icónicos. ¿Os gusta la oscuridad? Pues aquí la tenéis.
En 1557 Europa es un polvorín y en la Florencia de los Médicis se acaba de cometer un crimen: el pintor Pontormo ha sido asesinado mientras trabajaba en los frescos de una capilla. Junto al cadáver aparece un cuadro obsceno de la hija de Cosme de Médicis y, para evitar mayores problemas con la reina Catalina de Francia y con el papa Pablo IV, un inquisidor de la peor calaña, el duque de Florencia deberá encargar al gran Vasari, su hombre de confianza, que resuelva el caso y limpie el nombre de su hija.
Aunque ambientada en el Renacimiento, esta formidable novela policiaca resuena con fuerza por su profunda reflexión sobre los grilletes morales que hoy, como ayer, amenazan la libertad artística. Un maravilloso fresco cargado de humor, romance y suspense que a través de sus múltiples perspectivas erige un desafío literario, político e histórico que produce en el lector el mismo asombro que la contemplación de un gran cuadro.
Un tour de force narrativo con el que Laurent Binet pone a prueba una vez más su talento, una novela «erudita, emocionante, edificante» (Benzine) en la que «maneja a la perfección los retratos, los colores y las líneas de fuga. Una pura obra maestra» (Page).
Tras oír un grito de mujer seguido por un disparo en un edifico de la alta burguesía parisina, un transeúnte acude a las autoridades para denunciar un presunto crimen.
Tocará a un joven Maigret, por entonces adjunto del comisario, desplazarse al lugar de los hechos para tratar de penetrar en un entorno social hermético.
En este precuela de sus investigacinones más famosas, nos retrotraemos a sus comienzos en la fuerzas del orden durante la Belle Époque, cuando desputan ya su sagacidad, su paciencia y su capacidad para comprender la naturaleza humana.
De viaje por Estados Unidos para estudiar los métodos de la policía de ese país, Maigret asiste a una audiencia en la que se busca determinar si la muerte de una muchacha arrollada por un tren debe clasificarse como suicidio u homicidio.
Con una reflexión de fondo sobre la justicia, la novela es una historia típicamente norteamericana en la que aparecen grandes espacios, carreteras en el desierto y soldados sin escrúpulos, lo que demuestra la rapidez con que Simenon comprendió el imaginario estadounidense que por entonces empezaba a globalizarse
Tiempo después de publicar la novela Un padre extranjero, Eduardo Berti recibe un correo inesperado: unas fotocopias del legajo que su padre, nacido en Rumania, presentó en el año 1950 para obtener la nacionalidad argentina. Ahí figuran todos o casi todos los datos que su padre ocultó o alteró tras su emigración a Argentina, incluidos algunos secretos que se llevó con él a la tumba: su verdadero apellido, su verdadera fecha de nacimiento, el nombre del barco que lo transportó de Europa a América justo antes de la Segunda Guerra Mundial y la fecha exacta en la que ese barco llegó al puerto de Buenos Aires, el mismo puerto donde el padre comenzó la reinvención de su identidad pública. El grueso legajo, enviado por un amigo y lector, trae además algo aún más sorprendente: la dirección de la casa natal del padre, en la ciudad rumana de Galați, a orillas del Danubio, junto a la frontera moldava, lo que convence a Berti de viajar por fin a ese lugar que siempre había sido para él un «país imaginado».
En Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh hace de Manhattan el epicentro de una civilización, la del año 2000, dominada por la apatía. Como una oscura bella durmiente, la narradora de esta novela decide encerrarse durante un año en su piso de una de las zonas más exclusivas de Nueva York, asistida por una herencia ingente y por una gran cantidad de fármacos, para dedicarse a dormir y ver películas de Whoopi Goldberg y Harrison Ford. El inicio de un siglo supuestamente trepidante encuentra a nuestra protagonista durmiendo en el sofá con la tele encendida. Con mucho cinismo, series, películas comerciales y narcóticos, y a costa de cortar todo vínculo humano, cualquiera puede sobrellevar esta vida. Ahora bien, ¿lo que queremos es sobrellevarla?