Huir parecía su única salida. Y lo era.
Rosaura Castán ha tenido poca suerte en la vida. Su madre murió cuando ella era una adolescente en un accidente y se culpa de esa tragedia. Ese hecho provocó el extrañamiento de su familia. Desde muy joven aprendió a vivir sola; tuvo un niño, Adrián, fruto de una relación esporádica y a quien quiere con toda su alma. El muchacho era el hijo perfecto, excelente estudiante de la carrera de matemáticas, adoraba a su madre… aunque había cosas que no le contaba.
Cuando Adrián aparece asesinado en un parque de Madrid, Rosaura, literalmente, enloquece de dolor, hasta el punto de que, ciega de ira, arrolla con un coche a un joven conflictivo al que todo apuntaba como el autor del homicidio.
Rosaura es llevada a juicio y condenada a prisión por la muerte de un inocente. El asesino de su hijo sigue libre, así que la única obsesión de la mujer cuando obtenga su primer permiso penitenciario será encontrar como sea al verdadero culpable del crimen.
Jennifer Clement creció en Ciudad de México en los años sesenta, a apenas una puerta de distancia de la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera. Su infancia, bohemia y muy poco ortodoxa, le permitió convivir con artistas, poetas, comunistas y revolucionarios y, más adelante, experimentar su propio despertar creativo. En los años ochenta, decidió sustituir las revoluciones de Latinoamérica por la contracultura de Nueva York, y pronto se convirtió en un referente de su escena cultural, habitando los mismos espacios que Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Colette Lumiere y William Burroughs, y frecuentando locales tan legendarios como The Mudd Club, Danceteria y Studio 54. La autora de La viuda Basquiat regresa con un memoir literario que es a la vez la historia de dos peligrosas, y por ello importantes, ciudades: Ciudad de México y Nueva York, y un retrato de los artistas que trabajaron en, desde y a pesar de ellas.
La joven psicóloga Lis de la Serna regresa a su Cantabria natal para ocupar el puesto de jefa del área de salud mental en la residencia Santa Teresa. Regentada por la congregación de las Carmentalias y ubicada entre los acantilados de Comillas, Lis ya estuvo allí cuando el suicidio de su pareja la llevó a internarse en el centro. Pero, ahora que piensa que sus problemas han quedado atrás y que puede empezar de cero, no sospecha que el engaño, la traición y el asesinato acechan entre las paredes de la institución. Cuando descubre las extrañas circunstancias que rodean a una muerte que tuvo lugar allí, Lis se adentra en un mundo peligroso donde imperan el secreto, la dominación y el crimen. ¿Podrá enfrentarse a la verdad que esconde la residencia Santa Teresa y salir indemne?
En su primera novela, Paloma Rivas, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga de profesión, ha construido un escalofriante thriller psicológico plagado de sorpresas que llevará a los lectores a explorar los rincones más oscuros de la mente.
Maya no está pasando por su mejor momento. Acaba de dejar un medicamento que regula los ataques de pánico, sufre síndrome de abstinencia, lleva días sin dormir y bebe demasiado. Por eso, cuando frente a la pantalla de su móvil revive lo ocurrido el verano de sus diecisiete años no sabe si puede confiar en la lucidez de su mente. Las imágenes de seguridad de una cafetería registran la muerte súbita de una joven. Junto a ella está Frank Bellamy. Ni siquiera se han rozado, pero Maya sabe que él es el responsable, igual que lo fue de la muerte de Aubrey siete años atrás.
Maya no tiene otra salida que investigar sobre los enigmas del pasado para poder resolver los del presente. Y para ello tendrá que regresar a la cabaña del bosque y adentrarse en los recuerdos que la aterrorizan.
Hay páginas dedicadas al análisis de películas, notas sobre Flaubert y
Whitman, y una revisión de las traducciones homéricas. Del conjunto de
ensayos, dos sean quizás los más citados: "La poesía gauchesca, un
recorrido por el género y sus autores", y "El escritor argentino y la
tradición", en el que Borges reniega de muchos de sus libros anteriores,
e invita a los escritores a...
Mateo vuelve al pueblo para acudir a un funeral que lo arrastra inevitablemente a su adolescencia. A aquel verano en que comprendió la importancia de la amistad y de la familia; el verano en que el arte le dio alas; el verano en que se topó no solo con un chico, sino con dos, que le rompieron todos los esquemas; el verano en que, mientras ardían las flores, al fin comenzó a conocerse a sí mismo.