Con su vida patas arriba, Renee Feldman no necesitaba reencontrarse con Lola Gray, la superestrella, la novia de América, la mismísima industria musical, siempre perfecta en todos los sentidos sin esforzarse y su vecina de la infancia.
Lola Gray no es la mujer que el mundo conoce. Ya ha pasado un año desde que su relación secreta colapsó, rompiéndole el corazón y cancelando su álbum. Tras reencontrarse con Renee en una boda, Lola tiene la esperanza de que una noche con ella le devuelva la creatividad que ha perdido. Al fin y al cabo, fue quien inspiró su primer álbum y jamás ha podido olvidarla. Pero todo se complica cuando su equipo necesita una directora para su documental y Renee es la única disponible. Pronto les será imposible fingir que no quedan sentimientos entre ambas y cuando Renee le sugiera incluir esa historia en el documental, Lola acepta, incluso si eso significa salir del armario y destrozar su reputación.
La desaparecida localidad de Atlas, a pocos kilómetros del puerto más importante del Pacífico, acogió hasta 1892 a una población flotante de casi tres mil inmigrantes de doce nacionalidades, sirviendo de residencia temporal y epicentro de trámites aduaneros. Como una pequeña república, poseía su propia divisa y banco universal, una capilla ecuménica, diversas oficinas consulares, su propia estación de tren y, en los días de auge de la fotografía post mortem, su propia médium: la joven Abigail Clayton, quien, a través de su cámara de fuelle y la técnica del ambrotipo, recibía mensajes de los cadáveres que retrataba. Aristócratas y diplomáticos de todo el mundo viajaron a conocerla, fue amada y temida, hasta que una acusación de demencia y un juicio por homicidio terminaron con su corta carrera.
Dicen que estuvo encerrada en un manicomio casi veinte años antes de que la tuberculosis la matara. Eso dicen. A veces, la verdadera historia solo la conoce la misma Muerte. O se revela en sus fotos.
«Dos años de tareas dominicales que prueban mi nula disposición a santificar las fiestas... Al releer estos artículos seguidos, me parece que he opinado demasiado». Estas palabras sirven de introducción a un Javier Marías insólito, cotidiano, atento a lo que ocurre a su alrededor y que atraviesa todos los estados de ánimo imaginables: lo vemos evocativo e indignado, a menudo pertido y bromista, pero también atribulado por la saña española que aún tiñe nuestro tiempo; melancólico, risueño, grave, irónico, compasivo o desengañado, siempre logra contagiarnos y no nos deja indiferentes con su Mano de sombra.
En medio de la promoción de su primera novela, El consentimiento, que provocó un seísmo social y literario, Vanessa Springora recibe una llamada de la policía para que acuda a identificar el cuerpo sin vida de su padre, un hombre fabulador y misántropo que había terminado por convertirse en un extraño para ella. Pero al vaciar su casa, algo llama su atención: dos fotos antiguas de su abuelo paterno en las que exhibe la esvástica. Un descubrimiento que echa por tierra la versión del querido abuelo checo, Josef, reclutado a la fuerza por el ejército nazi, desertor en Francia, colaborador de los estadounidenses durante la liberación y «refugiado privilegiado» como disidente del régimen comunista.
Comienza así una obsesiva búsqueda para saber quién era en realidad ese hombre que le dio su apellido y cómo pudo o no «consentir» la barbarie. A lo largo de dos años, Vanessa rastreará documentos familiares, archivos checos, alemanes y franceses, y se reunirá con testigos para tratar de recomponer un itinerario verosímil. Pero siempre faltan piezas.
Dos hermanas ya ancianas juegan a representar su película favorita de juventud: una cinta inquietante. Dos adolescentes, compañeras de clase, se descubren crudamente con otra mirada el día de fin de curso. Una mujer evoca, muchos años después, la fiesta en que sus amigos universitarios se atrevieron a invocar al Otro, una tarde que cambió para siempre sus vidas. ¿Puede producirse entre humanos una interacción semejante a la que se da entre algunas plantas…? En una ciudad italiana, a la que ha viajado para acompañar a su pareja, un hombre accede a la zona en obras de la catedral donde recibirá un mandato con consecuencias imprevistas. Una mujer cruza acalorada la calzada atestada de coches y, tras un conato de desvanecimiento, repara en una curiosa tienda nueva en el barrio. Con un magistral uso de la psicología e introduciendo sutiles perturbaciones en la experiencia cotidiana, las historias de Lo que no se ve rozan a menudo lo inexplicable, lo terrorífico, pero también lo no dicho, lo que intuimos y no sabemos expresar, o lo que inesperadamente nos cambia y no olvidaremos ya nunca.
Como sucede siempre, cuando mi padre me contaba esas historias yo no le hacía mucho caso y ahora me arrepiento de ello. Mi padre murió pronto y sus recuerdos quedaron en ese limbo de la memoria en el que se desvanecen las vidas de los que nos precedieron y a los que no escuchamos cuando estaban vivos. Luego nos arrepentimos de ello y, como yo ahora, tratamos de reconstruir sus pequeñas historias con los retazos de lo que se quedó en el aire y aún alcanzamos a recordar.
En honor de su padre y de sus compañeros, pero también por recorrer un territorio, el que atraviesa la espina dorsal de la península ibérica, que sintetiza como muy pocos su esencia, el autor ha repetido su viaje y lo ha hecho en los mismos meses del año en los que lo hicieron ellos para intentar sentir lo que ellos sintieron siquiera sea referido al clima. Por el camino se encontró con personajes que mantienen vivo el recuerdo de aquel invierno terrible, el peor del siglo XX, y de una primavera y un verano calurosos junto al mar, y con algunas de las historias que su padre le contó y que los paisajes conservan aun flotando como una pátina sobre ellos, «pues la historia permanece en los lugares en los que sucedió como las palabras sobre la memoria».
Érase una vez una joven pareja que se enamoró perdidamente pese a pertenecer a familias rivales. Probablemente conoces la historia y como acabó (pista: mal, fatal), pero en realidad no es así como termina: Romeo y Julieta viven felices y comen perdices… y también son mis padres.
Me llamo Rose y soy la mayor de sus siete hijos, con énfasis en «mayor», porque con veinte años ya me consideran una solterona. Pero ¿quién puede pensar en matrimonio cuando te has criado entre apasionadas declaraciones de amor, versos recitados a la luz de la luna y besuqueos constantes? ¡Es agotador!
Hasta ahora he logrado esquivar el altar presentando a mis pretendientes a prometidas más adecuadas, pero parece que no conseguiré deshacerme del viudo duque Stephano, cuyas anteriores esposas (tres, para ser exactos) han tenido «finales desafortunados». Sin embargo, la noche de nuestro baile de compromiso, mi futuro marido aparece con una daga clavada en el pecho. Media Verona tiene motivos para asesinarle, pero cuando todos a su alrededor comienzan a desaparecer, morir o volverse locos, sé que debo encontrar al culpable antes de que me encuentre a mí.
Thomas Bernhard (1931-1989) fue poeta, novelista y dramaturgo, además de un polemista enérgico y elocuente. Su obra, que reúne elementos del absurdo, el existencialismo y la farsa mordaz, se cuenta entre las más admiradas de la literatura contemporánea, tanto por la inmensa originalidad de su estilo como por su inquebrantable crítica a las imposturas y la ambigüedad moral de sus contemporáneos. En "Maestros Antiguos" (1985), la última de sus novelas, Bernhard ofrece una aguda reflexión sobre la senectud, así como una suerte de enmienda a la totalidad del arte, sus supuestas reglas y sus presuntas virtudes. En impecable consonancia con el resto de su obra, y de la mano del laberinto verbal originado por su prosa obsesiva, escribe aquí un ejemplo brillante de artificio narrativo y una nueva diatriba contra el Estado y una sociedad frívola que se complace en satirizar.
Harper Lee se convirtió en una de las escritoras más emblemáticas del canon estadounidense gracias a Scout, Atticus Finch y otros inolvidables personajes de Matar a un ruiseñor, la novela ganadora del Premio Pulitzer con la que alcanzó la inmortalidad. Pero antes de escribir su mítica novela ya era una joven y tenaz escritora que, instalada en Nueva York, donde trabajaba en una compañía aérea, enviaba relatos a revistas como Harper s Bazaar o The New Yorker con la esperanza de verlos publicados. Unos cuentos que poseen ya su inconfundible voz y que narran, con un humor, un ritmo y una cotidianidad inimitables, diferentes episodios de la vida de Jean Louise Finch, desde su niñez en el colegio de Maycomb, Alabama, hasta la juventud en los restaurantes y cines del Manhattan de los años cincuenta.
La tierra del dulce porvenir reúne todos esos cuentos inéditos, que durante décadas estudiosos de su obra y biógrafos daban por perdidos y que aparecieron en su apartamento tras su muerte, así como los breves ensayos que Lee escribió y que incluyen desde reflexiones sobre la necesidad de una enseñanza responsable hasta retratos de Gregory Peck y Truman Capote. Una visión sin precedentes sobre el origen de una voz irrepetible, unos personajes y unos temas que siguen siendo vitales, con la que se cierra el círculo sobre una de nuestras escritoras más queridas y enigmáticas.