Una expedición mágica. Un viaje al sur. Mistborn expande sus horizontes.
Los Brazales de Duelo son las mentes de metal que antaño poseyó el lord Legislador. Casi nadie cree en su existencia, pero un investigador kandra regresa a Elendel con evidencias y una imagen que conmociona a Waxillium Landra: una fotografía de su hermana Telsin apresada por su tío, el líder de una siniestra organización conocida como el Grupo.
Wax viaja al sur para investigar acompañado de Wayne, Marasi y MeLaan. Allí descubren que el Grupo ha encontrado los restos de un misterioso barco y tiene prisionero a un superviviente enmascarado. ¿Podrán Wax y los suyos localizar los Brazales antes de que caigan en manos equivocadas?
El futuro de Scadrial pende de un hilo en la conclusión de la segunda era.
Waxillium Landra lleva años intentando dar caza a la organización conocida como el Grupo. Y cuando Marasi y Wayne encuentran un alijo de armas con destino a la ciudad exterior de Bilming, se abre ante ellos una nueva pista.
Wax descubre un explosivo capaz de desatar una destrucción sin precedentes y comprende que el Grupo ya debe de tenerlo en su poder. Por si fuera poco, un kandra inmortal le revela que Bilming ha caído bajo la influencia de un nuevo dios, Trell. Si nadie da el paso y actúa como el héroe que Scadrial necesita, el planeta y sus millones de habitantes sufrirán una repentina y calamitosa ruina.
Un gélido jueves de enero de 2008, en un hospital de Reikiavik, el doctor Stoltz colocaba un alfil en la mano vencida de Bobby Fischer, quien fuera el mejor ajedrecista del mundo, para que, al apretar en ella la pieza, las venas de su brazo se hincharan y así poder inyectarle una dosis compasiva de morfina. Aunque, en realidad, esta narración arranca más de cuarenta años atrás, con un Bobby Fischer admirado por todo el mundo que visita Cuba en 1966 para disputar un torneo, y entrelaza dos historias de amor, dos pasiones vividas con una revolución como telón de fondo. La de Miriam, que a sus catorce años tiene un breve e intenso romance con el ajedrecista, y la de un misterioso cubano de origen polaco que cae rendido a los pies de la madre del gran maestro diez años antes. Dos pasiones amorosas en dos momentos históricos de Cuba, aquella que floreció al calor de los casinos y la industria del turismo que comandaban los gánsteres desde Florida, y la que quedó después de que la Revolución arrasara el espejismo capitalista. Mayra Montero recrea con maestría dos épocas de una ciudad, La Habana, que ya ha desaparecido.
Akino es un estudioso de la geografía humana. A comienzos de la era Shōwa, antes de la II Guerra Mundial, llega a la isla de Oso, en el sur de Kyūshū. En la isla se alzan montañas sagradas dedicadas a la práctica espiritual, y en ella perduran las huellas de antiguas oraciones de personas que fueron borradas de la historia de forma horrenda. Ese rastro atrae y atrapa el corazón de Akino.
A medida que avanza su investigación —primero en solitario y luego acompañado por un joven isleño—, descubre un mapa. Su propietario es un anciano que habita una inusual casa de dos plantas y le revela una expresión extraña para la zona: «Las mentiras del mar». Cincuenta años después, Akino regresa a la isla… y se encuentra con algo que, hasta ese momento, había permanecido oculto.
Felipe es fantasioso, procrastinador, romántico, tierno, tímido y perezoso. Tiene una imaginación desbordante y una gran afición por el Llanero Solitario. Es autor de frases memorables como "Justo a mí tenía que tocarme ser como yo" o "¿No sería hermoso el mundo si las bibliotecas fueran más importantes que los bancos?", y es uno de los mejores amigos de Mafalda, esa niña polémica, concienciada y encantadora que ha conquistado el corazón de millones de lectores.
La poesía española es una gran floresta, aunque según José Manuel Blecua: «Ha de ser la rosa, ese ruiseñor de las flores, quien se lleve la palma en competencia con las demás». José Esteban realiza un largo recorrido por los rosales líricos, a veces espinosos, siempre fragantes e invariablemente efímeros, como la vida del hombre, metáfora cruel esa «flor del instante», que decía el gran Rubén Darío. La nómina de poetas jardineros es extensa: alcanza desde los arábigos andaluces hasta contemporáneos como Eugenio de Nora y Gastón Baquero, pasando por Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Gustavo Adolfo Bécquer, Leopoldo Lugones y, como no, Miguel de Cervantes, el santo laico de las letras españolas. Galdós reclama a Dios un día de dedicación para crear la rosa y el asno de Apuleyo ha de comer esta flor para convertirse en hombre.