El doctor Felix Hoenikker, uno de los padres de la bomba atómica, muere y deja un legado a la altura: sus tres hijos ineptos y el hielo-nueve, un arma capaz de congelar el planeta entero. Una historia sobre el poder infinito de la estupidez y el terror que implica encontrar una verdad entre un millón de mentiras.
La física Alice Coombs abandona a su novio, el antropólogo Philip Engstrand, porque se ha enamorado de uno de sus experimentos: Ausencia, un agujero de gusano, una puerta a otro universo que tiene personalidad propia puesto que discrimina a la hora de absorber cosas y cuyo rasgo más destacable, el que lo convierte en un amante perfecto, es no ser nada.
¿Qué conduce a Alice a dejarlo todo, fascinada por algo inexistente? ¿Es Ausencia el reflejo de sí misma, un lugar donde inscribir sus deseos y caprichos?
Además, Ausencia no es el único causante de que el mundo de Alice se tambalee. Al agujero de gusano le acompañan una serie de personajes de corte cómico que pueblan el campus universitario, como Evan y Garth, dos ciegos que poseen la habilidad de ver de un modo no convencional; o Cynthia Jalter, analista que intenta seducir a Philip a través de una terapia; o Carmo Braxia, físico italiano con una profunda aversión por el vino americano.
Cuando las olas susurran secretos del pasado, una pasión eterna resurge de las mareas.
Deva Ortiz trabaja en una prestigiosa editorial, pero su carrera se encuentra estancada. Todo cambia cuando le asignan la corrección del manuscrito ganador del Premio Cristal. Parece una oportunidad única, hasta que descubre que el autor es Ulises Folch, un escritor estirado, huraño e inflexible, respaldado por la crítica y miles de seguidores. Colaborar con él será un reto para Deva, pero también su única oportunidad de destacar en el mundo editorial.
Lo que no espera Deva es el irresistible atractivo de Ulises, que amenaza con desestabilizar su matrimonio con Roi. A medida que trabajan juntos en una novela que explora un amor imposible durante la guerra de Vietnam, Deva empieza a conocer mejor a Ulises, y sufre la tentación de desentrañar el misterio que lo rodea. Su intento de comprender al autor la llevará a leer su primera obra, Cuando baje la marea, un relato de traición y poder en los clanes escoceses del siglo XVIII.
Si el hombre es una noche, una nada vacía, y se obstina en locutar, en convertirse en correa de transmisión y vocero sin sueldo de una vida sin poesía, ¿cómo se puede responder? Frente a los secretos públicos de la tecnocracia, a la planificación del desastre, al correr sin cuento de las opiniones ajenas, a la carrera de armamentos, Peter Handke levantó con los textos recogidos en Cuando desear todavía era útil una noche distinta, propia y, sin embargo, abierta a todos, que miraba al hombre a los ojos y le devolvía imágenes detenidas: fotografías enemistadas con la fotografía y palabras rescatadas del hábito y del gesto vacío, de la noche del mundo. Hay un poema azul, y una divagación sobre el miedo, y un homenaje a un escritor distinto, y un paseo por el inhóspito París de la Défense, y un discurso que no lo es, y un poema a la irracionalidad y la felicidad.
Un café, una silla y una regla que seguir: unos pasos que pueden conducir a la felicidad.
Existe un café en Tokio donde puedes elegir revivir un momento preciso de tu existencia. Ese gesto, esa palabra, esa carta, ese beso, eso que no dijimos. Ese es el momento. Hace falta valor para afrontarlo de nuevo, pero el resultado a veces es inesperado.
Me pregunto si el pequeño Yuki, que no puede superar el divorcio de sus padres, estará preparado. Y quién sabe si Megumi, que debe decidir qué nombre ponerle a su hija sin tener a su lado al hombre que ama; o sus amigas Ayame y Tsumugi, que han permitido que el orgullo se interponga entre ellas. Hilos y destinos que podrían haber permanecido rotos, pero que ahora tienen una segunda oportunidad.
¿Conoces esa historia de amor en la que la princesa se queda hecha unos zorros y tiene que irse a otro reino y empezar de cero?
No es bonita. Te lo digo yo, que la he vivido. Pero no te preocupes, siempre caigo de pie. Bueno, igual esta vez el patinazo ha sido un poco más sonoro y público. Tanto que he tenido que montarme en el coche, conducir seiscientos kilómetros, zurrar a una máquina expendedora por el camino y regresar al lugar al que ya no sé si puedo llamar casa. De momento, me está costando llamar a la puerta.
Dame un segundo para hacerme a la idea. Un segundo más.