Un grupo de médicos conocidos como "El comité de la muerte" se reúne para revisar aquellos casos que acabaron con la defunción del paciente para valorar si esas muertes podrían haberse evitado y para impedir que se repitan nuevos errores.
Para tres de sus miembros - jóvenes brillantes unidos por una misma ambición y dedicación apasionada a la práctica de la medicina - comienza un periodo que resultará decisivo en sus vidas. Durante un inolvidable año en el que el éxito, el amor y la satisfacción irán de la mano del miedo, las dudas y las derrotas, estos jóvenes se enfrentarán a los triunfos y los dramas de la vida en un hospital, con el deseo de superarse día a día en su profesión.
En El comité de la muerte, Noah Gordon - autor de libros tan apreciados como El médico y La bodega - se adentra en los entresijos del mundo de la medicina para ofrecernos una emocionante novela.
Cuando Valeria Letelier conoce a Carlos Reseda, ella se aloja en un piso franco en Londres y está siendo cuidadosamente instruida por Joel, líder intelectual de una célula anticapitalista a la que pertenecen. Carlos Reseda se presenta como mercenario experto en armas y documentos falsos. Joel, por el contrario, es un seductor y magnético estratega obsesionado con mantener viva la llama de la insurrección en el mundo. Joel y Valeria cruzarán el Canal y se instalarán en una casa de campo en Francia. Allí Valeria, que se percibe a sí misma como una cosmonauta rusa vagando por la infinitud interestelar, completará su adiestramiento y se enfrentará a renuncias dolorosas antes de que Joel la considere preparada para el primer golpe del grupo. La llegada de Reseda suscitará en ella algunas dudas con las que en principio no contaba. Cuando la célula pase a la acción, Valeria será testigo de situaciones insólitas, y la semilla de la desconfianza arraigará en su interior. ¿Y si la verdadera liberación es la de la propia Valeria, mujer fiel, entregada y brillante que decidirá en algún momento tomar las riendas?.
Los sueños de Judith Peñalver se truncaron el día en que se desplomó en pleno Campeonato de España de gimnasia artística. Un desvanecimiento, provocado por una afección cardíaca, que la llevó a necesitar un nuevo corazón.
El trasplante fue un éxito, aunque ya no podía entrenar. Todo iba bien… hasta que llegaron las pesadillas, recurrentes, angustiosas. Y, aunque no quiera admitirlo, tan vívidas que parecen premoniciones o recuerdos de una vida que no es la suya: la penumbra, los aleteos desesperados, un pájaro enjaulado, música desconocida, una figura en sombras que la abraza en contra de su voluntad, el árbol de ramas amenazantes y raíces salientes, el terraplén, la caída… y una muñeca.
La obra de Francisco Umbral, ese vasto dominio cercano a lo infinito, está ahí pero no está, la tenemos delante pero está más en peligro de extinción que nunca. Mientras aparentemente decrece, va creciendo por el otro extremo. En El corazón y la luna, Francisco Umbral responde con contundencia a la intentona del tiempo de sepultarlo en el olvido (o peor, de entenderlo mal), lleva a cabo un contraataque con artículos inéditos que lo renuevan y lo devuelven a la primera línea. Moderno, sensible, actual, tierno, más cercano que nunca, con toda la carga emocional y emocionante de su prosa lírica afinada en su exacta medida, Umbral juega en esta ocasión con contenidos médicos, sanitarios, humanísticos, en artículos que fue publicando a lo largo de más de tres décadas en Jano, medicina y humanidades, una revista de suscriptores para médicos y otros profesionales sanitarios. «Los sabios han viajado hasta las lejanías del corazón y han auscultado el latido blanco de la luna, explicándonos luego que estos dos artefactos sentimentales no son sino un inmenso mineral que vuela y una víscera que va mejor o peor según el colesterol». Cuando creíamos que teníamos claro dónde ubicar a Umbral, viene él y se nos presenta vestido de novedad. Es lo que tienen los clásicos. Que jamás nos abandonan.
«El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. –¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó al andén y respondió sin volver la cabeza: –El coronel no tiene quien le escriba». Breve obra maestra, esta desolada novela corta ha sido reconocida como el primer triunfo en la trayectoria narrativa de Gabriel García Márquez. Tocada apenas por la fantasía, la historia del coronel veterano de una guerra concluida quince años atrás, quien espera la pensión que habrá de sacarlo de la miseria junto a su esposa enferma, es un profundo canto de esperanzas perdidas que nos sumerge en la atmósfera opresiva de un tiempo ya ido, cuando América Latina emergía apenas a la modernidad entre los restos humeantes del siglo XIX
El corredor es un alarido de metal y literatura cuya virtud primordial es llevar al lector a un paroxismo, a esa exaltación propia de los derviches y pilotos cuyos bólidos están avizorando, en fracciones de segundo, la pared donde habrán de estrellarse, el fuego donde serán desgarrados por engranajes y ángulos enfurecidos. Alejandro Vázquez Ortiz ha logrado escribir un mecanismo narrativo cromado, con varias capas de pintura, donde conviven la violencia y la desesperación, donde el vértigo y el vacío son las únicas certezas. Aceite quemado, autopistas interminables que brillan en el desierto como pistones al rojo vivo, un terraplén de grava y concreto habitados por automóviles, sangre y dolor. Esta novela no es ajena a un fetichismo, no es ajena a nosotros, humanos al borde de todo. Y eso es lo que la vuelve memorable.