Cocteau escribió Le coq et l'arlequin como manifiesto estético a favor de la música despojada de Erik Satie. Eran los años de la polémica entre los partidarios de Wagner y Debussy. El poeta, novelista y cineasta se sitúa al margen de ambos, pues dice buscar una música que sea ajena a las brumas, que esté definida por la claridad. Las sentencias ingeniosas de este texto pueden calificarse como el acta de nacimiento de una nueva forma de hacer música en Francia, la del llamado Grupo de los Seis. Cocteau reflexiona también sobre su propia aportación a la historia de los estrenos escandalosos, el ballet Parade con música de Satie.
La epopeya de Rintaro, el joven heredero de una entrañable librería de viejo, y de Tora, un sabio e ingenioso gato atigrado, se ha convertido en un fulgurante éxito internacional. Su emocionante misión consiste nada más y nada menos que en salvar los libros que están en peligro y extender así el amor por estos objetos, bellos e inigualables, que son parte imprescindible de nuestra vida.
Del siempre fascinante Japón nos llega esta hermosa historia, cargada de sabiduría, magia y pasión por la lectura, que ya ha conquistado a lectores de todo el mundo.
Un homenaje a las librerías, a los libros y a todos aquellos que los aman. Una lectura para recrearse y saborear con un buen té japonés.
La epopeya de Rintaro, el joven heredero de una entrañable librería de viejo, y de Tora, un sabio e ingenioso gato atigrado, se ha convertido en un fulgurante éxito internacional. Su emocionante misión consiste nada más y nada menos que en salvar los libros que están en peligro y extender así el amor por estos objetos, bellos e inigualables, que son parte imprescindible de nuestra vida.
Del siempre fascinante Japón nos llega esta hermosa historia, cargada de sabiduría, magia y pasión por la lectura, que ya ha conquistado a lectores de todo el mundo.
Sicilia, 1860. El tiempo parece discurrir con parsimonia en estas tierras, marcadas por los ritmos de una campiña de árida belleza y un orden social inamovible, cuya cúspide ocupa la aristocracia terrateniente. Pero la historia está a punto de dar una sacudida con el desembarco de Garibaldi. Don Fabrizio, príncipe de Salina, hombre imponente, orgulloso, sensual y lúcido, patriarca de una de las familias más poderosas de la isla, contempla impertérrito estos tiempos convulsos que acaso supongan el hundimiento de su mundo o tal vez traigan cambios que en realidad permitirán que todo siga igual. Mientras tanto, su impetuoso sobrino Tancredi abraza la causa garibaldina y se enamora de la bella Angelica, hija de un advenedizo social... Recibida en su día con polémica, la única novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa es hoy ya un clásico indiscutible, que recuperamos en una nueva edición que incluye posfacio de Carlo Feltrinelli.
Inglaterra en la Edad Media. Del paso de los romanos por la isla sólo quedan ruinas, y Arturo y Merlín son leyendas del pasado. Entre la bruma todavía habitan ogros, y británicos y sajones conviven en unas tierras yermas, distribuidos en pequeñas aldeas. En una de ellas vive una pareja de ancianos–Axl y Beatrice–que decide partir en busca de su hijo. Este se marchó hace mucho tiempo, aunque las circunstancias concretas de esa partida no las recuerdan, porque, como el resto de habitantes de la región, han perdido buena parte de la memoria debido a lo que llaman «la niebla». En su periplo se encontrarán con un guerrero sajón llamado Wistan; un joven que lleva una herida que lo estigmatiza; y un anciano Sir Gawain, el último caballero de Arturo vivo, que vaga con su caballo por esas tierras con el encargo, según cuenta, de acabar con un dragón hembra que habita en las montañas. Juntos se enfrentarán a los peligros del viaje, a los soldados de Lord Brennus, a unos monjes que practican extraños ritos de expiación y a presencias mucho menos terrenales. Pero cada uno de esos viajeros lleva consigo secretos, culpas pendientes de redención y, en algún caso, una misión atroz que cumplir. Kazuo Ishiguro ha construido una narración bellísima, que indaga en la memoria y en el olvido acaso necesario, en los fantasmas del pasa...
Jay Gatsby, el caballero que reina sobre West Egg, es el arquetipo de los legendarios años veinte en los que todo parecía posible, tiempo de felicidad entre el horror de la Primera Guerra Mundial y la barbarie de la Segunda. Con los demás protagonistas, forma parte de la Generación Perdida, los «jóvenes tristes» que personificaron el mito de la pasión y el desafecto, la literatura que se funde con la vida.