Primero llegan la tormenta y el rayo y la muerte de Domènec, el campesino poeta. Luego, Dolceta, que no puede parar de reír mientras cuenta las historias de las cuatro mujeres a las que colgaron por brujas. Sió, que tiene que criar sola a Mia e Hilari ahí arriba en Matavaques. Y las trompetas de los muertos, que, con su sombrero negro y apetitoso, anuncian la inmutabilidad del ciclo de la vida.
Canto yo y la montaña baila es una novela en la que toman la palabra mujeres y hombres, fantasmas y mujeres de agua, nubes y setas, perros y corzos que habitan entre Camprodon y Prats de Molló, en los Pirineos. Una zona de alta montaña y de frontera que, más allá de la leyenda, conserva la memoria de siglos de lucha por la supervivencia, de persecuciones guiadas por la ignorancia y el fanatismo, de guerras fratricidas, pero que encarna también una belleza a la que no le hacen falta muchos adjetivos. Un terreno fértil para liberar la imaginación y el pensamiento, las ganas de hablar y de contar historias. Un lugar, quizás, para empezar de nuevo y encontrar cierta redención.
«El sonido de cuerno que nos llega de Capo d’Orlando no es el olifante de un superviviente, sino una voz cuyo eco cada uno puede oír en sí mismo». Las palabras de Eugenio Montale precedieron la fortuna de los Cantos barrocos de Lucio Piccolo, que, presentados aquí junto a una amplia selección de sus poemas, cuentan ya con amplio reconocimiento en el ámbito de la poesía italiana de la segunda mitad del siglo XX. La continuidad del canto pleno y total, en que realidad y mito, naturaleza y sentimiento se funden más allá del tiempo y el espacio, los hermanan al resto de composiciones. Un regreso a la rústica Sicilia literaria, la misma de El Gatopardo de Tomasi di Lampedusa, con quien Piccolo está unido no sólo por lazos de sangre, sino también por íntimas correspondencias que tienen su origen en el ambiguo edén siciliano.
Con esta frase ya legendaria, Arturo Pérez-Reverte daba comienzo en 1996 a la primera de las novelas protagonizadas por el capitán Alatriste, un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín en el Madrid del siglo XVII. La serie se fue completando con otras seis entregas, que se encuentran reunidas en el presente estuche: El capitán Alatriste, Limpieza de sangre, El sol de Breda, El oro del rey, El caballero del jubón amarillo, Corsarios de Levante y El puente de los Asesinos. Las aventuras de este personaje único en la literatura española contemporánea constituyen uno de los grandes hitos de la historia editorial reciente en nuestra lengua: las novelas no solo han vendido millones de ejemplares en todo el mundo, sino que además han inspirado cómics, películas, obras de teatro, series televisivas y juegos de rol, y con ella han crecido miles de jóvenes lectores.
«Un canto de denuncia, testimonio fidedigno de la violencia en Centroamérica».
Fiel a su compromiso poético, William González nos regala su confesión más humana. El poeta que pudo haber empuñado un arma, pero eligió la palabra.
Un poemario desgarrador y tan extraordinariamente sagaz como clarividente, que articula una denuncia poética de la violencia estructural de América Central. Hay una memoria colectiva que toma cuerpo y se pronuncia a través de historias profundas y trágicas, cuyas víctimas son jóvenes armados, mujeres violadas o migrantes que sueñan con un destino mejor. Una voz testimonial que disecciona la barbarie.
¡EL APOCALIPSIS SERÁ TELEVISADO!
Llega la saga más adictiva y meteórica: de autoeditado a superventas con 1.000.000 de lectores.
¿Sabes qué es peor que romper con tu novia? Tener que cuidar de su gata de exhibición premiada. ¿Y qué es aún peor? Una invasión alienígena, la destrucción de las estructuras terrestres creadas por la humanidad y la explotación de los supervivientes mediante un programa de entretenimiento sádico e intergaláctico.
Carl, un veterano de la Guardia Costera, y la princesa Dónut, la gata de su exnovia, intentarán sobrevivir al fin del mundo, o pasar al siguiente nivel, en una mazmorra de fantasía llena de trampas y digna de un videojuego. Pero la mazmorra es en realidad el plató de un reality show televisivo con espectadores por toda la galaxia.
Goblins explosivos. Pociones mágicas. Llamas mortíferas que trafican con drogas. No es un programa cualquiera: lo importa no es sobrevivir, sino garantizar la audiencia.
El carcelero tiene su carcelero y éste al suyo y así al infinito. Tú y yo somos los eslabones finales de una larga cadena de sumisiones. Así está ordenado el mundo, mi joven amigo.¿Hay otra salida?. Eso dice el protagonista de uno de los nueve cuentos que integran esta obra, por donde Carolina Grau transitará como presencia sutil, como persona, como fantasma y como enigma, trazando siempre un fino halo de misterio. Los lectores se preguntarán si lo que leen son hechos de la imaginación, fragmentos de sueños o terribles realidades que permanecieron ocultas. La distancia y la cortesía permiten que el horror subyacente se manifieste de una manera más fría y poderosa, no como sueño de la razón sino como vigilia de la semi razón. La realidad también son las palabras, aunque a veces sirven de aplazamiento entre un horror y el siguiente.