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HOPELESS: SIN REMEDIO (5)

Se suponía que este compromiso era falso... Y, sin embargo, aquí estoy, volviéndome loca por mi prometido de mentira. Beau Eaton es el príncipe del pueblo, un héroe militar tan atractivo como atormentado. Yo, en cambio, soy la camarera invisible, la chica tímida con el apellido equivocado. Él tiene treinta y cinco años y es pura masculinidad. Yo tengo veintidós... y sigo siendo virgen. Ah, y también es mi prometido. O mejor dicho, mi prometido de mentira. Todo ha empezado con una apuesta. Él no se cree que la gente me juzgue por mi apellido, así que me ha ofrecido el suyo para demostrar que tiene razón. Los dos salimos ganando con ese trato: él consigue que su familia le deje respirar y yo me quito de encima el estigma de la mía mientras ahorro lo suficiente para largarme de este pueblo. Según él, lo único que tengo que hacer es ponerme su anillo, seguirle el juego y actuar como si no pudiera quitarle las manos de encima cuando hay gente delante. Pero lo que pasa entre nosotros en la intimidad está empezando a borrar todos los límites que creíamos tener claros. Lo que ocurre a puerta cerrada ya no parece fingido, sino real. Muy real.
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DE LA VEJEZ (ALMA)(PENSAMIENTO ILUS)

En gran parte de la obra ciceroniana se advierte la huella del estoicismo antiguo. Así ocurre, por ejemplo, en este tratado sobre la vejez, atravesado por la idea de que «lo natural es bueno». En De senectute, el viejo Catón toma la palabra para rebatir los achaques que comúnmente se atribuyen a la edad, con una idea muy clara: cómo hayamos actuado de jóvenes marca lo que nos espera en la ancianidad. Si hemos sembrado bien en nuestra primavera, la última estación de la vida servirá para disfrutar recolectando.
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FIN DEL JUEGO

Mientras todos duermen, el inspector Almanzor se dedica a redactar un último atestado, cuando recibe una llamada. Al otro lado, Juan, un amigo y camarero del bar Los Gallegos, agoniza. Cuando Almanzor llega precipitadamente al bar ya es demasiado tarde. En el suelo, un cigarrillo con la ceniza intacta; en la barra, un cubata a medio consumir, restos de cocaína y unos cubiletes de dados. Juan no llevaba ejemplar, pero Almanzor lo apreciaba a su manera. Para el, encontrar al asesino es algo que va a ir mucho más allá del compromiso profesional.
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