Las hermanas Mirabal regresaban a Salcedo después de haber visitado a sus esposos en Puerto Plata. Nuestros hombres las esperaban un poco más distante. Las hermanas Mirabal venían con un hombre: el chofer del jeep Rufino de la Cruz. Al ser interceptadas una de ellas se zafó momentáneamente de sus apresadores y pidió ayuda a la gente de un vehículo que pasaba por casualidad. Ni Trujillo ni yo ibamos a tolerar más aplazamientos. Las muchachas fueron apresadas y llevadas a un camino secundario y desierto que cruzaba la carretera principal. Allí cada uno de los hombres las ultimó a palos; pero se presentó un incidente que pudo haber fracasa-do la operación. Ante la belleza de Maria Teresa, con el vestido desgarrado y luchando por su vida, pretendió gozar a la muchacha. La mujer se defendió como una leona y le grito: “¡Podrás - asesinarme; pero jamás gozarme!
Este libro de Emilio Rodríguez Demorizi es una joya, como suceso de la literariedad dominicana, y como espacio único y deslumbrante de todo cuanto significó la vida y la obra del gran poeta centroamericano en el grupo de sus amigos dominicanos. Darío encabezó todas las contiendas poéticas de su tiempo, su voz resonó en todos los confines y su poderosa influencia abarcó a todos cuantos intentaron, lo lograran o no, convertirse en poetas.