Javier Marías rinde homenaje en este libro a uno de los novelistas contemporáneos que más admiraba: Vladimir Nabokov. Su intención era conmemorar a un escritor con el que se sentía en deuda literaria y animar a los lectores a que lo busquen con más frecuencia.
Marías nos cuenta, por ejemplo, que un día de 1950 la mujer de Nabokov, Véra, logró detenerlo cuando se disponía a quemar los primeros capítulos de Lolita, agobiado por las dudas y las dificultades. También que le molestaba mucho que le atribuyeran influencias, fueran de Joyce, Kafka, Proust o de Dostoyevski. Y que los mayores éxtasis los experimentó a solas: cazando mariposas, creando problemas de ajedrez, traduciendo a Pushkin y escribiendo.
Un retrato emocionante de una de las mejores cuentistas argentinas.
La escritora argentina Silvina Ocampo es una de las figuras más exquisitas, talentosas y extrañas de la literatura en español. Hija de una familia aristocrática, autora de libros que, al decir de Roberto Bolaño, parecen provenir de «una limpia cocina literaria», en torno a ella se han urdido mitos que envuelven no solo su obra, revalorizada con entusiasmo en los últimos años, sino también su vida privada: la particular relación que tenía con su marido, Adolfo Bioy Casares; su cambiante y chismosa amistad con Jorge Luis Borges, que cenaba cada noche en su casa; sus presuntos romances con mujeres, como la poeta Alejandra Pizarnik o la madre del propio Bioy; sus perturbadoras premoniciones; sus ambiguos conflictos con la olímpica Victoria Ocampo, su hermana mayor.
Oona Kelly Webster tiene mucho que agradecer. Es una mujer impresionante, pelirroja y de ojos verdes, tiene una familia maravillosa y un trabajo que adora como editora de una prestigiosa editorial. Para celebrar sus bodas de plata, ella y su esposo, Charles, planean un viaje a Francia. Pero entonces Charles confiesa que lleva un año viviendo una aventura y deja a Oona por su joven amante, un hombre.
Aunque destrozada, Oona decide viajar a Francia sin Charles. Llega a un encantador pueblo a una hora de París y se instala en la casa que ha alquilado, La Belle Florence, llamada así por la amante del rey para quien fue construida. Cuando parece que empieza a recuperarse recibe un nuevo golpe: la fusión de su empresa la dejará sin trabajo.
Oona siente que su vida se desmorona, en cuestión de meses ha perdido a su compañero, al padre de sus hijos, y su trabajo. Lo único que la anima es que puede quedarse en Francia, donde la vida sencilla en un entorno hermoso comienza a sanarla poco a poco, al igual que la compañía del perrito blanco que rescata y de su amable vecino, oriundo de Trinidad, quien la deleita con su franqueza y calidez.