Dos hermanas ya ancianas juegan a representar su película favorita de juventud: una cinta inquietante. Dos adolescentes, compañeras de clase, se descubren crudamente con otra mirada el día de fin de curso. Una mujer evoca, muchos años después, la fiesta en que sus amigos universitarios se atrevieron a invocar al Otro, una tarde que cambió para siempre sus vidas. ¿Puede producirse entre humanos una interacción semejante a la que se da entre algunas plantas…? En una ciudad italiana, a la que ha viajado para acompañar a su pareja, un hombre accede a la zona en obras de la catedral donde recibirá un mandato con consecuencias imprevistas. Una mujer cruza acalorada la calzada atestada de coches y, tras un conato de desvanecimiento, repara en una curiosa tienda nueva en el barrio. Con un magistral uso de la psicología e introduciendo sutiles perturbaciones en la experiencia cotidiana, las historias de Lo que no se ve rozan a menudo lo inexplicable, lo terrorífico, pero también lo no dicho, lo que intuimos y no sabemos expresar, o lo que inesperadamente nos cambia y no olvidaremos ya nunca.
Jonathan y Barbara Rose son la pareja perfecta, el ejemplo vivo del preciado sueño americano con su hermosa casa, sus dos adorables hijos y un impresionante Ferrari en el garaje. Pero cuando Jonathan sufre un repentino ataque al corazón (o eso cree), Barbara se da cuenta de que quiere una nueva vida… sin él. Solo hay un problema: ambos quieren quedarse con la casa. Para conseguirlo, los Rose harán todo lo posible por destruir a su «media naranja», sin importar el precio que tengan que pagar.
Negra, despiadada y muy divertida, la novela de Warren Adler ilumina el materialismo, el desprecio y el egoísmo que destruyen las relaciones entre marido y mujer, planteando una pregunta eterna: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a permitir que nuestras posesiones materiales tengan el poder de definir quiénes somos?
Leonel mató los sueños de Juan Bosch... En una declaración que ofreció a la prensa el 26 de febrero de 2008 para explicar los motivos que tuvo Leonel Fernández para destituirlo del cargo de procurador fiscal del Distrito Nacional en su primer gobierno (1996-2000), el abogado y político Guillermo Moreno dijo lo siguiente: «Durante los 12 meses que duré en el puesto recibí mucha presión. Asumí el cargo en agosto del 1996 con la profunda esperanza de que el presidente Fernández encabezaría un gobierno de respeto a las instituciones, a la ley y de lucha contra la corrupción. Acepté la designación convencido de que tendría la oportunidad de demostrar que era posible hacer cambios positivos en la administración del Estado dominicano. Sin embargo, la experiencia me produjo frustración y desengaño porque comprobé cómo una generación era traicionada en sus principios, en sus valores. Observamos cómo se renunciaba a ideales, a sueños y a propósitos tan elevados que todos esperábamos de ese gobierno del doctor Fernández, sobre todo, a los principios que encarnaba Juan Bosch».