Esta obra monumental despliega, con rigor y admiración, la estructura institucional, cultural, científica y espiritual que España levantó durante los siglos dorados de su historia imperial. Desde la Santa Hermandad hasta la expedición de la vacuna, desde la Controversia de Valladolid hasta la creación de cátedras científicas, el lector se adentra en una epopeya civilizadora sin parangón.
A TRAVÉS DE FIGURAS ILUSTRES, INSTITUCIONES SINGULARES Y LOGROS ASOMBROSOS, ESTA OBRA INVITA A REDESCUBRIR EL ALMA DE UNA NACIÓN QUE SUPO FORJAR PUENTES ENTRE MUNDOS, LENGUAS, RAZAS Y CREDOS.
Del autor de El fin del Imperio", ahora llega este libro que reivindica la grandeza del modelo hispánico como constructor de orden, promotor de saberes y defensor de la dignidad humana en tres continentes. Frente a la leyenda negra, un relato documentado que muestra a España como potencia creadora de cultura, justicia y ciencia, comprometida con su tiempo y adelantada a su siglo.
«¿Qué relación puede haber entre las muchas personas de las incontables historias de este mundo, que, desde los extremos opuestos que los separan, acaban juntándose?» ¿Qué puede unir a los jóvenes pleiteantes de una causa testamentaria que lleva tantas generaciones prolongándose «que no hay nadie con vida que sepa lo que significa» con una señora volcada en los asuntos de una comunidad africana llamada Borriobula-Gha? ¿Cómo se relacionan el baronet sir Leicester Dedlock y su altiva mujer, lady Dedlock, con un muchacho que barre las esquinas y malvive en uno de los rincones más infectos de Londres? ¿Cómo pueden ser amigos el señor Jarndyce, un íntegro caballero cuyos estados de ánimo dependen del viento del este, y el señor Skimpole, uno de los caraduras más impresionantes de la historia de la literatura? Sumemos a eso una extensísima galería de personajes siniestros o angelicales, orgullosos o humillados, pusilánimes o magnánimos, y obtendremos un atisbo del cuadro general de Casa Desolada (1852-1853), donde todo, en efecto, está conectado.
«Nadie pondrá en duda que soy un padre afectuoso con todos los hijos de mi imaginación, y que ningún otro progenitor puede querer a su familia con tanta ternura. Pero, como muchos padres afectuosos, tengo un hijo favorito en el fondo de mi corazón. Y su nombre es David Copperfield.»
Este reconocimiento de Dickens en el prólogo a la edición de 1867 de la novela tiene el valor de venir de su propio «padre». Pero, desde su publicación por entregas entre 1849 y 1850, David Copperfield no ha dejado más que una estela de admiración, alegría y gratitud. Para Swinburne era «una obra maestra suprema». Henry James recordaba que de niño se escondía debajo de una mesa para oír a su madre leer las entregas en voz alta. Dostoievski la leyó en su prisión en Siberia. Tólstoi la consideraba el mayor hallazgo de Dickens, y el capítulo de la tempestad, el patrón por el que debería juzgarse toda obra de ficción. Fue la novela favorita de Sigmund Freud. Kafka la imitó en Amerika, y Joyce la parodió en el Ulises. Para Cesare Pavese, en estas «páginas inolvidables cada uno de nosotros (no se me ocurre elogio mayor) vuelve a encontrar su propia experiencia secreta».
La fama de Chéjov suele ocultar o pasar por alto su talento para la comedia, algo que él, a tenor de sus disputas con Stanislavski, seguramente nos reprocharía. Pero tanto en «Mercancía viva» (1882) –donde un hombre sorprende in fraganti a su mujer y a su amante, pero se aviene a un arreglo económico de inesperadas consecuencias– como en «Flores tardías» (1882) –la historia de la ruina de una familia aristocrática, y del amor ciego de una princesa por un médico que nació siendo siervo– el humor, las situaciones equívocas y las degradaciones cómicas se revelan parte esencial de su universo. Más «impecablemente» chejoviano es «Mi mujer» (1892), una obra maestra de la técnica del punto de vista que nos desvela poco a poco la odiosa personalidad de un hombre que ha perdido el amor de su mujer, y, poco a poco también, en medio de una hambruna, la transformación que le permite recuperarlo. En «Un asesinato» (1892), las desavenencias religiosas y un callado conflicto por una herencia conducen a una tragedia familiar, contada, en su preparación y en sus secuelas, con minuciosidad y sin suspense.
Un viejo marinero con la cicatriz de un sablazo en la cara se instala en una posada en la costa inglesa, no muy lejos de Bristol. Lleva un cofre que no abre nunca, se emborracha con ron y aterroriza a la clientela con sus historias y canciones. Además, le paga a Jim, el hijo de los posaderos, para que esté ojo avizor y le avise si se presenta «un marinero con una sola pierna». Lo cierto es que en el cofre secreto se esconde el mapa de una isla con un magnífico tesoro enterrado por un antiguo pirata, y Jim se encuentra, de la noche a la mañana, enrolado como grumete en una expedición (dirigida por un rico terrateniente) para ir a buscarlo. A partir de ese momento, tiene que adquirir «la costumbre de vivir aventuras trágicas» y familiarizarse con más cicatrices y mutilaciones, la muerte, la codicia y la traición. Pero todo tiene su doble cara: el miedo superado por la curiosidad puede dar pie a actos de coraje gratuitos, el aplomo puede convertirse en frialdad, la temeridad puede conducir a la jactancia. Jim, solo un muchacho, salva constantemente la vida a los adultos, pero no siempre alcanza a distinguir la diferencia entre ser valiente y estar envalentonado, entre la ensoñación y la pesadilla.
«¿Cómo se puede amar a alguien y equivocarse tanto?», se pregunta uno de los personajes. La mayoría de estas magníficas Novelas cortas confiesan un error, una conducta vergonzosa, una oportunidad perdida, una sensación de haber sido la «estúpida quinta rueda de una carreta». El narrador, al tomar la palabra, atenta –tal vez por vez primera en la historia de la narrativa– contra su amor propio, pues lo que tiene que contar reduce su vida a un breve momento cuyo carácter decisivo no supo detectar. «Tu vida se dirige al futuro –le escribiría Turguénev a Tolstói–; la mía se construye sobre el pasado.» En este pasado se centra la mirada del escritor, cronista audaz y certero de la vida que elegimos y de la que no supimos elegir.
¿Qué puede hacer puede la filosofía en un mundo atravesado por la tecnología, la incertidumbre política y la pérdida de sentido?
Lejos de los grandes sistemas del pasado, el pensamiento filosófico de hoy explora nuevas sendas, más tentativas y más urgentes. Este libro ofrece una visión panorámica del siglo XXI desde las principales disciplinas filosóficas: la ética, la política, la epistemología, la estética, la ontología o la filosofía de la ciencia y la tecnología.
En estas páginas se analiza el impacto de la inteligencia artificial, el transhumanismo o la posverdad, pero también se reflexiona sobre la estructura del juicio moral, las tensiones de la democracia liberal, el sentido del arte o la transformación del pensamiento feminista. Se trata de pensar con precisión, con libertad y con responsabilidad ante los retos que definen nuestro tiempo.
De Marx a Balzac, de Lenin a Shakespeare, de Zola y H. G. Wells a Conrad, Stalin reunió libros como otros acumulan batallas.
Iósif (José) Stalin, figura clave del siglo XX, es recordado como un líder férreo, arquitecto de un régimen que combinó la industrialización forzada con una represión brutal. Sin embargo, detrás del mito del tirano omnipotente se oculta un aspecto poco conocido y profundamente revelador: Stalin fue un lector apasionado, un autodidacta minucioso que reunió una biblioteca personal de más de 20.000 volúmenes.
En La biblioteca de Stalin, el historiador Geoffrey Roberts, especialista en historia soviética y autor de obras aclamadas sobre la URSS, ofrece un acceso sin precedentes a la mente del dictador a través de sus libros. A partir de subrayados, anotaciones manuscritas y selecciones temáticas, reconstruye su itinerario intelectual y muestra cómo la lectura fue una herramienta para moldear su ideología, reforzar su poder y afinar su visión del socialismo.
La Internacional Comunista –la Comintern– fue el primer intento organizado de promover una revolución mundial y dejó una huella imborrable en la historia del siglo XX. Este extraordinario libro ofrece un relato fascinante de esta organización transnacional, fundada en 1919 por Lenin y Trotsky y disuelta por Stalin en 1943, contado a través de los ojos de los activistas que formaron parte de ella. Desde el Berlín revolucionario hasta Bakú, desde Shanghái hasta España, desde la Alemania nazi hasta el Moscú de Stalin, Brigitte Studer traza magistralmente las trayectorias de estos militantes, desde las esperanzas revolucionarias hasta la derrota o la muerte. Al hacerlo, desvela una Comintern olvidada, expresión de un momento revolucionario multidimensional, de clase, antiimperialista, antirracista, donde las mujeres y militantes de todo el mundo jugaron un papel fundamental en las luchas por la igualdad y contra el colonialismo.