Japón, años sesenta. Poco antes del amanecer, el cuerpo de un alto empresario de una fábrica textil aparece junto a las vías del tren, cerca de la estación de Kuki, con un disparo en el pecho. Las sospechas pronto recaen sobre los miembros de su propia empresa, inmersa en un conflicto sindical marcado por luchas de poder soterradas. Pero la investigación no avanza: las coartadas se sostienen, las pruebas no encajan y los pasos finales de la víctima parecen carecer de sentido.
Cuando el caso se estanca, el inspector Onitsura toma el relevo. Con la ayuda de su joven asistente Tanna, sigue las pistas que otros han pasado por alto y la investigación los lleva a recorrer Japón, de Tokio a Kioto, y de Osaka a la isla de Kyushu, tras los pasos de un asesino que no ha terminado su trabajo. ¿Serán capaces de anticiparse a su lógica antes de que vuelva a matar?
Galardonada con el Premio de la Asociación de Escritores de Misterio de Japón, esta novela es una joya clásica del honkaku, un puzle narrativo con mapas, gráficos y pruebas ocultas a plena vista, donde cada detalle cuenta y donde el lector atento dispone de todas las pistas para resolver el caso.
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar. Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el mito de la Raza en la primera mitad del siglo XX. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin de siglo, muchas funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Rabiotón lleva mucho tiempo de color rojo, pero muy muy rojo. Hace tanto que está así que el pobre ha olvidado cuál es su color de verdad y es que ¡está rojo de rabia! Pero Rabiotón tiene un amigo que le enseñará a sacar su rabia de forma sana y a descubrir cuál es su verdadero color.
Todas las emociones son importantes y todas tienen una finalidad. Es normal sentir todo tipo de emociones, y muy necesario expresarlas. La rabia, por tanto, no es mala. Es una emoción más que todos experimentamos a veces y que nos impulsa a actuar. Por ejemplo, nos ayuda a cambiar cosas que no nos gustan, a defender a otros y a nosotros mismos, a levantarnos cuando nos caemos o a conseguir algo que queremos. A nosotros no nos enseñaron a sacar la rabia de forma sana y, cuando nuestro hijo la siente o cuando tiene una rabieta, no sabemos ayudarlo, nos bloqueamos, nos asusta e incluso nos enfada. Pero la rabia no hay que dejarla dentro ni taparla, hay que sacarla sin hacer daño a los demás o a nosotros mismos. Los niños exteriorizan su rabia de formas distintas, a veces gritando, empujando y tirando algo, o a través de una rabieta. Nuestro trabajo como madres y padres es validar esa rabia y acompañarlos y guiarlos para que la gestionen correctamente.