Entre las figuras que influyeron poderosamente en la configuración de Oriente Medio tras la Primera Guerra Mundial, quizá la más olvidada sea Gertrude Bell (1868-1926), conocida como la «reina del desierto». Aventurera incansable, escaladora, arqueóloga, políglota y espía, trazó fronteras y participó en los complejos juegos de poder del Imperio británico. Esta novela rescata su intensa vida, con sus luces y sus sombras, en un contexto trufado de conflictos territoriales, sangrientos intereses coloniales y nacionales (tanto de Gran Bretaña como de Francia y Alemania) y sed de petróleo en una región mítica y maldita, tierra del diluvio y de Babel, tumba de Alejandro Magno: la codiciada Mesopotamia. Gertrude fue también una hija amada de una rica familia victoriana, pero incomprendida por sus pares. Junto a esta mujer apasionada en el amor, idealista y enigmática, desfilan por estas páginas personajes tan fascinantes como el torturado Lawrence de Arabia o un joven Winston Churchill (secretario de Estado para las Colonias tras el desastre de Galípoli), que marcaron, junto a otros, el devenir de territorios como Siria, Palestina, el Kurdistán y el futuro Irak.
Los medios de comunicación han lanzado un mensaje de alerta: un meteoro se dirige hacia la Tierra y su impacto podría ser de una magnitud equivalente al que provocó la desaparición de los dinosaurios. Hay quienes creen que llega el inminente final, mientras que otros actúan como si nada. Sin embargo, no hay héroes que vayan a salvar a la humanidad. Cada uno tendrá que enfrentarse a este momento preapocalíptico con sus fortalezas y vulnerabilidades.
J.-C. Deveney y Tommy Redolfi nos trasladan a un paisaje donde la pesadez de la nieve construye el escenario del fin del mundo. En él, los personajes se cruzan y se entrelazan, intentando seguir con sus vidas en un contexto de recesión, incertidumbre y desapego.
¿Cómo fue la infancia de Kim Jong-un?
¿Cuáles fueron sus deseos y pasiones?
¿Qué le hacía feliz?
La autora surcoreana Keum Suk Gendry-Kim vive desde hace años en la isla de Ganghwa, ubicada en la línea fronteriza con Corea del Norte. A pocos metros de su casa hay una base militar cuyas estruendosas prácticas le recuerdan que, aunque hace setenta años se firmó el armisticio que puso fin a la Guerra de Corea, las tensiones con los vecinos del norte no han terminado.