Entre los siglos IV y V d. C. el Imperio romano, en franca decadencia, experimentó una serie de cambios profundos. Y quizá el más importante de todos ellos fue la creciente influencia de la fe cristiana en las esferas de poder. Tradicionalmente los filósofos habían sido quienes a asesoraban a los gobernantes de Roma, pero poco a poco los obispos y otros creyentes cristianos fueron quienes ofrecieron un nuevo marco de pensamiento antiguo en el que los vínculos entre ciudadanos fueron sustituidos por una religión común que establecía una lealtad a un autócrata distante.
Peter Brown, la mayor autoridad en la civilización mediterránea de la Antigüedad tardía, analiza en esta obra cómo la enseñanza cristiana proporcionó un modelo para un imperio más jerárquico: los antiguos ideales de democracia dieron paso a la imagen de un gobernante glorioso que mostraba misericordia a sus súbditos. El resultado es uno de los ensayos más brillantes sobre esta época tan turbulenta como fascinante.
Charlotte concibió la idea de una publicación conjunta de unos veinte poemas individuales de cada una. Teniendo en cuenta el prejuicio de la época, decidieron hacerlo bajo seudónimos de apariencia masculina, y así Charlotte fue “Currer”, Emily fue “Ellis” y Anne fue “Acton”, nombres formados con las iniciales de cada una. Como apellido conjunto eligieron Bell». En 1846, pagándose ellas mismas la edición, se publicó el libro Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell. Sólo se vendieron dos ejemplares y dos fueron las únicas reseñas que recibió el libro. Pero el fracaso de sus poemas no sólo no las abatió, sino que les sirvió de acicate para las producciones literarias de cada una. Y así, al año siguiente, 1847, aparecieron las novelas Jane Eyre, de Charlotte; Cumbres borrascosas, de Emily, y Agnes Grey, de Anne.