Vivimos en la época del desánimo: lo cotidiano parece perder brillo y las promesas del progreso, la tecnología o la democracia no nos entusiasman como antes. Sin embargo, continuamos buscando el encanto de la vida.
El encanto compone una melodía en la que cada elemento encuentra su sitio, otorgándole a la vida otro tono, otro aire… descubrirlo en lo que hacemos es tan esencial como el acto de respirar. Se trata de una necesidad vital. Este libro examina las distintas formas de ese encanto perdido: nuestras relaciones digitales, las esperanzas puestas en la ciencia, el deseo de una sociedad más justa. Sin evitar las contradicciones, plantea una pregunta urgente: ¿es aún posible reencontrar el encanto del mundo?
Cuanto más cruenta y violenta es una noticia, más llama la atención: La sangre manda. Así reza la máxima periodística que hará que Holly Gibney, la detective a la que Bill Hodges legó su agencia Finders Keepers, y que ya apareció en la trilogía Bill Hodges y en El visitante, se interese por la matanza en el instituto Albert Macready y acabe enganchada a las noticias. Esta vez deberá luchar contra lo que más teme... sola.
En «El teléfono del señor Harrigan» una amistad entre dos personas de distintas edades perdura de manera más que inquietante. La vida de Chuck nos ofrece una hermosa reflexión acerca de la existencia de cada uno de nosotros. Y en La rata un escritor desesperado se enfrenta al lado más oscuro de la ambición.
Cuatro relatos en los que Stephen King sorprende nuevamente a los lectores y los conduce a lugares intrigantes y sobrecogedores.
«La inmortalidad no es un derecho, es un privilegio».
Solo soy una chica… pero resulta que también soy Hércules.
Estoy luchando por sobrevivir en un mundo habitado por titanes y controlado por espartanos, los seres inmortales que han guiado a la humanidad por siglos. Tras haber quedado huérfana, me he concentrado en ocultar mis cicatrices y enfocarme en mis clases. Cuando, de pronto, algo ocurre…
De forma inesperada, se descubre que soy parte de la élite. Soy una de ellos. Una espartana.
Entonces me obligan a asistir a la Academia de Guerra Espartana, donde debo enfrentarme a las pruebas que demostrarán que soy digna de ser inmortal. Nada imposible de lograr para alguien como yo, pero antes tengo que superar dos grandes problemas: mis aterradores mentores son Aquiles y Patroclo, y mis profesores son Caronte, el guía del inframundo, y Augusto,
el hijo del dios de la guerra. Por si fuera poco, creo que estoy perdiendo la cordura.
Mis enemigos me tienen rodeada. Su odio, su obsesión por mí y su oscura necesidad de controlarme están asfixiándome. Lástima por ellos, pues no tienen idea de con quién se están metiendo.