Es una nueva época oscura, de miedo e ignorancia. Un Diluvio de Fuego atómico ha devastado la Tierra y los supervivientes de la humanidad se han vuelto contra la ciencia.
Seiscientos años después del holocausto nuclear, el venerable Leibowitz va a ser canonizado. De la antigua civilización no quedan más vestigios que los conservados por la Orden Albertiana de Leibowitz, cuyos monjes dedican sus vidas a la interminable tarea de iluminar e interpretar las obras del Venerable para reconstruir sobre ellas el mundo tal como fue.
Dividida en tres partes —«Fiat homo», «Fiat lux» y «Fiat voluntas tua»—, que se corresponden con tres momentos separados por seis siglos, Cántico por Leibowitz narra la epopeya de los monjes de esa nueva Edad Media por salvar las migajas del saber humano que han sobrevivido a la hecatombe, mientras esperan que ese legado eleve de nuevo a la humanidad al pedestal del poder, y también del orgullo.
La ambición de volar, el viejo sueño del hombre, empezaba a cobrar realidad a principios del siglo xix. Y Julio Verne, incansable viajero literario, embarcó en el globo aerostático Victoria al doctor Samuel Fergusson, junto con su amigo Dick Kennedy y su criado Joe Wilson, en un complejo y fantasioso viaje rico en peripecias, sentimientos y pasiones, por los cielos de África, desde la isla de Zanzíbar a la costa del Senegal. Su objetico: encontrar las fuentes del Nilo. Y el del autor, una vez más, mostrarnos la certeza de que la imaginación es el medio de transporte más fiable. «Con curiosidad técnica, entusiasmo sincero y una fe conmovedora», en palabras de Arturo Pérez-Reverte, porque «la ciencia no era sólo un manual de hallazgos y soluciones, sino también una nobilísima excusa para la aventura».
Una apasionante epopeya que es a la vez un canto a uno de los pueblos más singulares del mundo.
Los tuareg constituyen un pueblo altivo cuyo código moral difiere del de los árabes. Auténticos hijos del desierto, los tuareg no tienen rival en cuanto a sobrevivir en las condiciones más adversas.
El noble inmouchar Gacel Sayah, protagonista de esta novela, es amo absoluto de una infinita extensión de desierto. Cierto día llegan al campamento dos fugitivos procedentes del norte, y el inmouchar, fiel a las multiseculares y sagradas leyes de la hospitalidad, los acoge. Sin embargo, Gacel ignora que esas mismas leyes le arrastrarán a una aventura mortal.
Veinte años después de haber escrito Tuareg, el autor -empujado por los injustos acontecimientos que están ocurriendo en el corazón de África- retoma los personajes de aquella novela, que ha pasado a convertirse en un clásico del género de aventuras.
Las tribus nómadas del Sáhara más profundo llevan años sufriendo la brutal agresión que significa el paso cada año por sus tierras de cientos de vehículos en una insensata carrera que destruye vidas humanas, cultivos y ganado, sin aportar a cambio más que la estúpida gloria de llegar el primero a una meta imprecisa. Ya se han cansado. A los ojos de un tuareg, ésa es una absurda «prueba deportiva» que jamás debería volver a atravesar sus territorios, y para impedirlo están dispuestos incluso a dar la vida.
La acción de esta intensa novela transcurre en África. Sus principales personajes son un fotógrafo europeo y su esposa, una muchacha negra, deportista e idealista, que se esfuerza en llamar la atención del mundo occidental hacia su pequeño país africano.
Al llegar a África, en viaje de novios, la mujer es secuestrada. A partir de aquí, su marido vive una auténtica odisea tras los pasos de los secuestradores, y la joven recorre un calvario que la llevará hasta Arabia, donde le espera un destino cruel: ser vendida a un poderoso jeque árabe.
Piratas narra una extraordinaria historia repleta de acción, emociones e intriga, protagonizada por un viejo corsario británico y un jovencísimo buscador de perlas español al que las circunstancias conducen hasta el barco del temido Jacaré Jack.
Los combates en alta mar, los peligrosos juegos de la astucia y el destino de una familia de españoles afincada en el Caribe de la época de la trata de negros y la corrupción generalizada de las autoridades coloniales, constituyen el trasfondo de una trama trepidante, como corresponde a una de las mejores novelas de su autor.
En pleno periodo de transformación personal y literaria, el narrador de esta novela comienza a observar señales en puertas y en cuartos contiguos, símbolos que comunican París con Cascais, Montevideo, Reikiavik, San Gallen y Bogotá, y que le van devolviendo sigilosamente a la escritura, al deseo de transformar en láminas de vida ciertas experiencias que piden a gritos ser narradas.
Montevideo es una ficción verdadera, un gran tratado sobre la ambigüedad del mundo como rasgo característico de nuestro tiempo, una novela en la que el mejor Vila-Matas encuentra la forma de nombrar nuevamente las cosas cuando todo parece ya dicho; hazaña tanto más admirable porque el núcleo central de su obra no es otro que la modernidad de la novela.
Tras casi una década en el extranjero, el escritor Richard Rowan vuelve con su compañera Bertha a Dublín, deseoso de conquistar un lugar de privilegio entre los intelectuales de la ciudad. Sin embargo, sus planes se trastocan cuando la pareja se reencuentra con dos antiguos enamorados. Única pieza conservada de James Joyce, que la escribió después de una crisis conyugal, Exiliados ofrece un análisis implacable del amor, la fidelidad y las lealtades personales. No solo recuerda al mejor Ibsen, sino que, en su uso de la tensión y el sobreentendido, anticipa a dramaturgos fundamentales del siglo xx como Samuel Beckett y Harold Pinter.
Petersburgo, la ciudad, es el verdadero protagonista de esta novela. Concebida y presentada como un espacio geométrico cerrado, configurado entre la Perspectiva Nevski y el Neva, entre las callejuelas grises y los palacios rojizos, aparece como un ser vivo, pensante y sintiente.
Un ser palpitante sobre el que aparecen los personajes como títeres atormentados y grotescos, y que atraviesan dos misterioso fantasmas: el Jinete de Bronce (la estatua de Pedro I, símbolo del poder paternalista y opresor, concebido como alma de la ciudad y del poder por Pushkin, pero todavía hoy emblema de la ciudad) y el Holandés Errante, que es el Neva, y el puerto y lo Otro.
Un desfile que se va transformando mediante el extraordinario uso de la sintaxis y merced a la significación otorgada a ciertos símbolos, como el color (rojo y negro, sobre el gris de la niebla, el azul del Neva, el verde grisáceo del mar, el bermellón de los palacios, el bronce de la fiebre...), en uno de los sueños más subyugantes que jamás haya dado la literatura.