Salvador Rueda es el creador de un nuevo tipo de urbanismo, el urbanismo ecosistemico, y de una nueva celula urbana: la supermanzana, la base de un nuevo modelo de movilidad y espacio público que prioriza tanto la circulación de peatones y bicicletas como del transporte público y reduce la contaminación, el ruido, las islas de calor& x02026;
Cuando todo el mundo piensa únicamente en sí mismo, no piensa en nadie.
Una vez más, debemos situar el bienestar individual en relación al bienestar general y declarar que la pobreza, la felicidad, la crisis climática y la democracia son, más que nunca, zonas de batalla política por una buena vida para todos.
Jean-Philippe Kindler busca nuevos conceptos sociales. Se juzga a sí mismo, a su generación y a la izquierda, con la misma dureza con la que juzga a los conservadores y al capitalismo: por eso este es un libro furioso e inspirador.
El pudor de la izquierda respecto a lo utópico -y a qué significa una buena vida para todos- le pone muy fácil a conservadores y neoliberales devaluar retóricamente toda aspiración a maximizar el bien común, relegándola al reino de los fantasmas ideológicos, de lo infantil o hasta de lo estúpido.
Ha llegado el momento de identificar los valores innegociables y defenderlos. Hagamos que ocurra.
A la sombra de Marx propone un cribado del legado teórico marxista a fin de, por un lado, identificar sus callejones sin salida y, por otro, defender y desarrollar aquellos elementos analíticos capaces de contribuir al repertorio de ideas que las fuerzas emancipadoras necesitan para combatir la policrisis contemporánea.
A partir de su experiencia en el equipo de investigación sobre abusos en el cine español de El País, la periodista Ana Marcos reflexiona sobre cómo su trabajo ha impulsado cambios culturales e institucionales. Y constata que lo que ocurre en el mundo del espectáculo es solo un ejemplo más de cómo opera la cultura de la violación en su manera de integrar y silenciar las violencias contra las mujeres.
¿Qué es la cultura?, preguntó el ingenuo. Un jardín sin letrinas, respondió el ingenioso.
Gracias a esta visión beatífica de la cultura, hemos construido un mundo capitalista que exuda transparencia, empoderamiento, autenticidad y humanitarismo. Los lenguajes que utilizamos para hablar de nosotros mismos nos convierten en una suerte de ángeles de la democracia. Y ello sin que, al tiempo que nos concebimos culturalmente en un espejo tan favorecedor como el de la igualdad y la diversidad, dejemos de actuar como criaturas interesadas que trabajan, consumen y, en definitiva, practican los rituales del turbocapitalismo.
Esta tensión entre nuestras dos almas apenas es hoy un eco apagado que no levanta ninguna sospecha. Es como si cultura y capitalismo, enemigos históricos durante mucho tiempo, se hubiesen fusionado en el nirvana del culto al yo, se decline este en la mediocridad de los intereses o en la sublimidad de los sentimientos.
Frente a esta antropología un tanto pazguata, cabría insistir, con Bernard Mandeville, el deslumbrante autor de La fábula de las abejas, en que no podemos ser inocentes en sociedades prósperas. Es decir, que el idealismo moral, incluso el propio de democracias subyugadas por la religión de la cultura, el activismo sentimental y la prédica del empoderamiento, no halla cabida en unas rutinas y actividades sociales pautadas por los vicios privados que engrasa el capitalismo.
Rastrear la historia del siglo xxi hasta ahora es rastrear una historia de lo inasequible y la escasez. Después de años de negarse a construir suficientes viviendas, Estados Unidos tiene una crisis nacional de vivienda. Tras años de limitar la inmigración, no tiene suficientes trabajadores. A pesar de ser advertidos durante décadas sobre las consecuencias del cambio climático, no se ha construido nada cercano a la infraestructura de energía limpia que necesitamos. Los ambiciosos proyectos públicos se terminan tarde y por encima del presupuesto, si alguna vez se terminan. Abundancia explica que nuestros problemas de hoy no son los resultados de los villanos de ayer, sino que las soluciones de una generación se han convertido en los problemas de la siguiente. Las reglas y regulaciones diseñadas para resolver los problemas de la década de 1970 a menudo evitan proyectos de densidad urbana y energía verde que ayudarían a resolver los problemas de la década de 2020. Las leyes destinadas a garantizar que el Gobierno considere las consecuencias de sus acciones han hecho demasiado difícil para el gobierno actuar en consecuencia.