A partir de su experiencia en el equipo de investigación sobre abusos en el cine español de El País, la periodista Ana Marcos reflexiona sobre cómo su trabajo ha impulsado cambios culturales e institucionales. Y constata que lo que ocurre en el mundo del espectáculo es solo un ejemplo más de cómo opera la cultura de la violación en su manera de integrar y silenciar las violencias contra las mujeres.
¿Qué es la cultura?, preguntó el ingenuo. Un jardín sin letrinas, respondió el ingenioso.
Gracias a esta visión beatífica de la cultura, hemos construido un mundo capitalista que exuda transparencia, empoderamiento, autenticidad y humanitarismo. Los lenguajes que utilizamos para hablar de nosotros mismos nos convierten en una suerte de ángeles de la democracia. Y ello sin que, al tiempo que nos concebimos culturalmente en un espejo tan favorecedor como el de la igualdad y la diversidad, dejemos de actuar como criaturas interesadas que trabajan, consumen y, en definitiva, practican los rituales del turbocapitalismo.
Esta tensión entre nuestras dos almas apenas es hoy un eco apagado que no levanta ninguna sospecha. Es como si cultura y capitalismo, enemigos históricos durante mucho tiempo, se hubiesen fusionado en el nirvana del culto al yo, se decline este en la mediocridad de los intereses o en la sublimidad de los sentimientos.
Frente a esta antropología un tanto pazguata, cabría insistir, con Bernard Mandeville, el deslumbrante autor de La fábula de las abejas, en que no podemos ser inocentes en sociedades prósperas. Es decir, que el idealismo moral, incluso el propio de democracias subyugadas por la religión de la cultura, el activismo sentimental y la prédica del empoderamiento, no halla cabida en unas rutinas y actividades sociales pautadas por los vicios privados que engrasa el capitalismo.
Rastrear la historia del siglo xxi hasta ahora es rastrear una historia de lo inasequible y la escasez. Después de años de negarse a construir suficientes viviendas, Estados Unidos tiene una crisis nacional de vivienda. Tras años de limitar la inmigración, no tiene suficientes trabajadores. A pesar de ser advertidos durante décadas sobre las consecuencias del cambio climático, no se ha construido nada cercano a la infraestructura de energía limpia que necesitamos. Los ambiciosos proyectos públicos se terminan tarde y por encima del presupuesto, si alguna vez se terminan. Abundancia explica que nuestros problemas de hoy no son los resultados de los villanos de ayer, sino que las soluciones de una generación se han convertido en los problemas de la siguiente. Las reglas y regulaciones diseñadas para resolver los problemas de la década de 1970 a menudo evitan proyectos de densidad urbana y energía verde que ayudarían a resolver los problemas de la década de 2020. Las leyes destinadas a garantizar que el Gobierno considere las consecuencias de sus acciones han hecho demasiado difícil para el gobierno actuar en consecuencia.
Este es el primer libro que revela cómo, en la actualidad, ya hay profesionales de distintos sectores que están empezando a colaborar incorporando en su trabajo y en sus vidas la aceptación de un colapso social probable o inminente.
Esta corriente social y cultural, llamada Adaptación Profunda, se ocupa de los cambios personales y colectivos que podrían ayudar a nuestras sociedades a prepararnos para una ruptura o un colapso como consecuencia del clima.
Los autores de esta obra parten de la premisa de que nuestros actuales sistemas económicos, sociales y políticos no podrán ser resilientes al cambio climático y, como respuesta a esta asunción, describen una serie de alternativas solidarias y creativas mediante las cuales la gente está proponiendo respuestas al desafío más difícil que la humanidad haya tenido que afrontar jamás.
La corriente Adaptación Profunda ofrece un marco de apoyo transversal y multidisciplinar para responder a la aterradora realidad de la creciente perturbación climática. El compromiso de este movimiento está dirigido a reducir el sufrimiento colectivo al tiempo que salvamos lo máximo posible de la sociedad y del mundo natural.
Si El valor de la atención, nos sumergía en las causas y consecuencias de vivir pegados al teléfono móvil, este nuevo libro aborda otra de las mayores obsesiones de la vida moderna: perder peso.
Cuando Johann Hari vio su foto como cliente del mes en el Kentucky Fried Chicken que había a la vuelta de la esquina, constató que tenía un problema grave con su alimentación, su peso y su salud. Fue en ese momento cuando acudió al médico y empezó a inyectarse Ozempic, el nuevo fármaco contra la obesidad que ha revolucionado el mundo de la sanidad y la industria farmacéutica. Algunas predicciones sugieren que, en pocos años, una cuarta parte de la población de Occidente recurrirá al mismo tratamiento. Para sus defensores, medicamentos como Ozempic prometen una verdadera cura, contrarrestando riesgos como la diabetes, el cáncer y la muerte prematura. Pero, ¿son realmente tan buenos como parecen?