Wilhelm Furtwängler (1886-1954) fue el representante más eminente de la gran «tradición alemana». Considerado, junto con Karajan, Bernstein o Carlos Kleiber, uno de los más legendarios directores de orquesta del siglo XX, por sus interpretaciones -donde algunos creen traslucir cierta noción de verdad-, Furtwängler fue y será siempre, para muchos, una especie de oráculo. La valía de su legado es más que evidente y sus grabaciones continúan siendo una referencia. Pero la clave de su permanencia en el inconsciente colectivo trasciende lo estrictamente musical. Para la política cultural nazi, la música jugó un papel de suma relevancia, destinada a cimentar la superioridad del pueblo alemán, su grandeza y eternidad, lo que llevó a apropiarse de los grandes clásicos alemanes y austríacos bajo la denominación ideológica de «música alemana». Sin la participación de los músicos coetáneos, dicha política cultural del Reich no hubiese sido posible.
Largely self-taught as an artist, Francis Bacon (1909–1992) developed a unique ability to transform interior and unconscious impulses into figurative forms and intensely claustrophobic compositions.
Emerging into notoriety in the period following World War II, Bacon took the human body as his nominal subject, but a subject ravaged, distorted, and dismembered so as to writhe with intense emotional content. With flailing limbs, hollow voids, and tumurous growths, his gripping, often grotesque, portraits are as much reflections on the trials and the traumas of the human condition as they are character studies. These haunting forms were also among the first in art history to depict overtly homosexual themes.
Sharp angles, strange forms, lurid colors, and distorted perspectives are classic hallmarks of Expressionism, the twentieth century movement that prioritized emotion over objective reality. Though particularly present in Germany and Austria, the movement’s approach flourished internationally and is today hailed as one of the most influential shifts in art history.
With leading groups Die Brücke (The Bridge) and Der Blaue Reiter (The Blue Rider), and key players such as Wassily Kandinsky, Egon Schiele, and Emil Nolde, the Expressionists disowned Impressionism, which they regarded as “man lowered to the position of a gramophone record of the outer world”, to depict instead a raw and visceral experience of life as it was felt, rather than seen on the surface. Their paintings brim with emotive force, conveyed in particular through intense and non-naturalistic color palettes, loose brushwork, and thick textures.
Utagawa Hiroshige (1797–1858) was one of the last great artists in the ukiyo-e tradition. Literally meaning “pictures of the floating world,” ukiyo-e was a particular woodblock print genre of art that flourished between the 17th and 19th centuries. Subjects ranged from the bright lights and attractions of Edo (modern-day Tokyo), to spectacular natural landscapes.
In the West, Hiroshige’s prints became exemplary of the Japonisme that swept through Europe and defined the Western world’s visual idea of Japan. Because they could be mass produced, ukiyo-e works were often used as designs for fans, greeting cards, and book illustrations. The style influenced Impressionist, Post-Impressionist, and Art Nouveau artists alike, with Vincent van Gogh and James Abbott McNeill Whistler both particularly inspired by Hiroshige’s landscapes.
Paul Gauguin (1848-1903) no estaba hecho para las finanzas. Tampoco duró mucho en la marina francesa, ni como vendedor de carpas en Copenhaugue porque no sabía hablar danés. Empezó a pintar en su tiempo libro en 1873. y en 1876 participó en el Salón de París. Tres años después, exponia junto a Pissarro, Degas y Monet. Vehemente y gran bebedor, Gauguin solía autoadjetivarse como «salvaje». Su íntima pero agitada amistad con el también temperamental Vincet van Gogh llegó a su clímax con un incidente violento en 1888, cuando Van Gogh se enfrentó supuestamente a Gauguin con una navaja de afeitar y más tarde se cortó la oreja. Poco después, tras completar una de sus obras maestras, La visión tras el sermón (1888), Gauguin se trasladó a Tahití con la intención de escaparse de «todo lo artificial y convencional» del mundo.
Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni (1475-1564), nacido en la localidad italiana de Caprese (Toscana), fue un hombre del Renacimiento, atormentado y temeroso de Dios, con un talento prodigioso. Sus múltiples logros en pintura, escultura, arquitectura, poesía e ingeniería combinaron cuerpo, espíritu y religiosidad en visionarias obras de arte que cambiaron para siempre la historia del arte. El famoso biógrafo Giorgio Vasari lo situó en la cúspide del Ranacimiento. Sus coetáneos lo llamaban simplemente il divino (el divino). Este libro proporciona una detallada introducción sobre Miguel Ángel y todas sus formidables obras maestras, sin colas ni multitudes. A través de magníficas ilustraciones y textos accesibles, se exploran la extraordinaria figuración del artista y su famoso estilo de la terribilitá (grandeza trascendental), que permitió la representación del drama humano y bíblico con una escala y fervor irresistibles. Con un recorrido por los centros de poder de la Italia del Renacimiento, analizamos sus principales encargos y su excepcional capacidad para crear composiciones espaciales, ya sea en la famosa Biblioteca Laurenziana en Florencia o en la Capilla Sixtina, en el Vaticano, cuya bóveda y testero lucen los extraordinarios frescos (1508-1512) del artista. Desde el formidable David hasta el desgarrador dolor y la fe de la Pietá o el vívido drama del Juicio Final de la Capilla Sixtina, este libro constituye una breve pero rigurosa introducción a un verdadero gigante de la historia del arte y a algunas de las obras de arte más faosas del mundo.