Cuando nos adentramos en la sección de tecnología de un centro comercial, encontramos ordenadores portátiles ultraligeros, cables USB, smartphones de última generación, smartwatches, pulseras biométricas y hasta cámaras especiales para youtubers. Solemos asociar la tecnología a los últimos gadgets electrónicos que, para bien o para mal, han colonizado nuestro día a día. Uno de los mayores horrores de la vida contemporánea es quedarse sin batería o sin conexión, como si nos perdiéramos en una dimensión desconocida de la realidad, lejos del mundo y de nuestros congéneres. Pero la tecnología es una cosa mucho más amplia. Y mucho más antigua.
Un día muy lejano, hace decenas de miles de años, un homínido cualquiera chocó una piedra contra otra y creó un cuchillo de sílex. Con aquel primate comienza este viaje: el de la historia de la tecnología en los albores de nuestra especie. Y sin necesidad de wifi ni de un enchufe. Desde entonces, la humanidad ha recorrido un apasionante camino, desde la invención del plástico hasta la exploración espacial, que juntos vamos a conocer a través de los descubrimientos tecnológicos que modificaron el rumbo de la historia.
El célebre columnista y escritor científico Carl Zimmer presenta una perspectiva profundamente original sobre lo que transmitimos de generación en generación. Darwin desempeñó un papel crucial a la hora de convertir la herencia en una cuestión científica, pero fracasó a la hora de responderla. El nacimiento de la genética, a principios del siglo XX, pareció hacerlo. Poco a poco, se fueron traduciendo las antiguas nociones sobre la herencia a un lenguaje de genes. A medida que la tecnología para el estudio de los genes se abarató, millones de personas pidieron pruebas genéticas para relacionarse con padres desaparecidos, antepasados lejanos o identidades étnicas. Pero la herencia no se limita a los genes que pasan de padres a hijos, sino que continúa dentro de nuestro propio cuerpo. Decimos que heredamos los genes de nuestros antepasados, pero heredamos otras cosas que importan tanto o más, desde los microbios hasta las tecnologías para hacer la vida más cómoda.
«En febrero de 2020, un conocido empresario me llamó por teléfono tras escuchar una declaración mía en La Sexta y me dijo: "Os estáis cargando la economía". Yo le contesté que eran ellos los que se iban a cargar la economía, por no cortar los contagios de raíz».
Las epidemias nos han acompañado durante toda la historia. Por eso, es nuestro deber en pleno siglo XXI hacer una reflexión crítica sobre la gestión de la nueva pandemia que se ha cobrado más de seis millones de vidas: la de la COVID-19. El objetivo de este libro es tratar de contribuir a que, de cara a las generaciones futuras, aprendamos las lecciones que se derivan de ella y podamos establecer una hoja de ruta para cuando lleguen nuevas pandemias. Porque llegarán, y deberíamos estar preparados.
«Del aprendizaje de los errores y de la autocrítica se pueden sacar lecciones que mejorarán nuestra capacidad para hacer frente a un reto como este en el futuro».
Una sorprendente meditación sobre la felicidad.
«Ninguna persona sensata se interesa por las moscas.» Y menos por los sírfidos, las moscas de las flores, aunque ellas son el irónico punto de partida que utiliza el autor de este libro –a medio camino entre las memorias, la historia natural y la reflexión filosófica– para observar el mundo con nuevos ojos. A partir de la biografía del gran entomólogo sueco René Malaise y de su propia vida, Sjöberg nos habla de la lentitud, de la poesía de la espera, del afán de coleccionar que compensa el caos de la existencia, del medio ambiente y de grandes personajes como Chatwin, Kundera o D.H. Lawrence, que también quedaron fascinados por el coleccionismo; porque, como cree el autor, «todos somos en el fondo coleccionistas de moscas, aunque no lo sepamos».
Entrañable, contemplativa y llena de humor, El arte de coleccionar moscas es una cautivadora exploración de la historia natural y una sorprendente meditación sobre la felicidad: un prodigio literario sobre la inesperada belleza de las cosas pequeñas que se ha convertido en un éxito internacional.
En octubre de 1991 tuvo lugar lo que los meteorólogos denominaron «la tormenta del siglo», un fenómeno imprevisto que azotó la costa este de Norteamérica fruto de una insólita combinación de factores. Con olas de más de treinta metros de altura y vientos de 180 kilómetros por hora, la tormenta sacudió el mar con una violencia extraordinaria.
En La tormenta perfecta, Junger describe las condiciones que dieron lugar a este hecho sin precedentes y reconstruye minuciosamente tres emocionantes historias, la de los seis tripulantes del pesquero Andrea Gail –que desaparecieron a cientos de kilómetros de su hogar en Gloucester, Massachusetts–, la de un velero atrapado en plena tormenta y la del rescate de los tripulantes de un helicóptero de salvamento que cayó al mar.
A partir de una extensa serie de fuentes, que van de comunicaciones por radio a relatos de testigos, Junger recrea con impresionante tensión narrativa la lucha de estos hombres por su supervivencia y traza un magnífico retrato de la gente de mar.
Frente a la realidad múltiple y compleja, estamos sujetos a la aproximación, la ilusión y el error. Estos mecanismos cerebrales nos permiten construir una visión coherente del mundo pese a lo parcial de nuestra percepción, lo limitado de nuestra atención y la escasa fiabilidad de nuestra memoria. Pero a menudo también nos hacen perder lucidez, nos encierran en nuestros prejuicios y nos alejan de los demás.