Un recorrido antropológico por los secretos más ocultos y reveladores de los números. Una aproximación distinta a esos aliados esenciales para el desarrollo de las civilizaciones a lo largo de la historia. Los números pueden ser tan perversos como misteriosos. En un inicio surgen con sencillez, de forma «natural»: 1, 2, 3 Luego, con la misma simplicidad, se dividen: 1/2, 2/3, 3/5 Y, a partir de aquí, se vuelven irracionales, complejos, imaginarios. Los números llevan a sus espaldas una poderosa historia y podríamos atribuirles incluso un rostro humano, sobre todo si, en lugar de mirarlos de frente, se miran de reojo o desde perspectivas curiosas. El 0, por ejemplo, que tuvo que esperar mil años antes de que Occidente lo tuviera en cuenta, se ha convertido en el dígito más utilizado del mundo. Menos afortunados aún fueron los números negativos, considerados como ficticios por Descartes e inaceptables para Pascal.
Los orígenes de la creatividad aborda la cuestión de cómo esta expresión humana única, tan fundamental para nuestra identidad como individuos y como especie surgió y se manifestó a lo largo de la historia.
Este es un libro profundo y lírico escrito por uno de los más prestigiosos biólogos, que nos ofrece un examen exhaustivo de la relación entre las humanidades y las ciencias: lo que se ofrecen unos a otros, cómo se pueden unir y dónde aún se quedan cortos. Ambos, revela Edward O. Wilson, tienen sus raíces en la creatividad humana: el rasgo definitorio de nuestra especie.
«Un día, mientras acariciaba a Torzal le dije: “Bésame”. Con gran sorpresa mía se apresuró a rozar mi nariz con su pico, que es el beso del pájaro. Imaginé que esa reacción era casual, pero al día siguiente contestó a mis palabras de la misma manera y siguió haciéndolo así toda su vida.» A sus cuarenta años, Len Howard parece destinada a tener una brillante carrera musical, pero un giro inesperado acaba transformando sus planes para siempre. En 1938 se traslada a East Sussex, a una cabaña rodeada por un gran jardín que bautiza como la casa de los pájaros, que será el escenario de una de las aventuras más fascinantes de toda la ornitología moderna. En sus escritos, Howard argumentó que la inteligencia individual, y no el mero instinto, es el factor determinante en gran parte del comportamiento de las aves, y se esforzó por ejercer un gran control sobre el entorno de sus aves maximizando la sensación de seguridad y fomentando una relación desinhibida con ellas. Para este fin, Howard era solitaria, y daba instrucciones estrictas a quienes se aventuraban a visitarla o deseaban contactar con ella. Su obra representa un caso único en la historia del estudio de las aves. Howard emprendió un apasionado viaje personal a través de la observación de los pájaros revolucionando la ornitología oficial que estudiaba las aves en cautividad, revelando así sus auténticas y sorprendentes facultades afectivas y cognitivas. En estas memorias de aprendizaje mutuo y conmovedor nos hace participes de una singular historia de descubrimiento.
Lulu Miller, periodista científica, atraviesa una profunda crisis cuando descubre una historia que cambia su manera de ver el mundo: la de David Starr Jordan, el biólogo marino más importante del siglo XIX, que resultó ser un ejemplo de perseverancia y tenacidad ante los reveses de la vida.
La investigación sobre Jordan lleva a la autora a reconsiderar las imposiciones sociales y las etiquetas que nos sujetan a una concepción de nosotros mis-mos que nos limita. Una de sus reflexiones surge al constatar que la categoría peces, aplicada a tantos seres marinos, es errónea, y que utilizarla es tan absurdo como decir que todos los seres que viven en la montaña son cabras.
Aunque muchos lo ignoren, una parte sustancial de los pilares que sustentan la civilización actual se nutre de la física cuántica, junto a la relatividad una de las dos grandes revoluciones científicas que cambiaron nuestra comprensión del mundo durante la primera mitad del siglo XX.
Es el cuántico un mundo regido por leyes que parecen violar las leyes del sentido común, como expresó con una ironía no exenta de angustia Albert Einstein cuando ante el carácter probabilístico de la nueva física cuántica manifestó en 1926: «Estoy convencido de que Dios no juega a los dados».
Sin embargo, en esta ocasión el genial físico se equivocó: en sus niveles más íntimos, el mundo sigue pautas de comportamiento probabilístico. Y no sólo eso, existen otras propiedades que violan completamente las leyes que Newton estableció en 1687 y que gobernaron la física durante más de dos siglos: así, tenemos que se crean y aniquilan partículas y que no podemos conocer con absoluta precisión, al mismo tiempo, parejas de variables como la posición y la velocidad de una partícula. Dirigida e introducida por Stephen Hawking, el científico más célebre del pasado reciente, Los sueños de los que está hecha la materia reúne las obras esenciales de la física cuántica; textos que provocaron un cambio de paradigma que revolucionó la física para siempre, cambiando nuestra comprensión del universo a un nivel totalmente nuevo. Reunidos en esta antología están los trabajos de la élite cuántica, entre otros: Max Planck, Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born, Erwin Schrödinger, Paul Dirac, J. Robert Oppenheimer y Richard Feynman.
Imagínese en el período cretácico. Es una tarde soleada en el Hell Creek de la antigua Montana hace 66 millones de años. Un Triceratops Horridus deambula por la linde del bosque. En cuestión de horas todo aquí desaparecerá. El verdor exuberante será reemplazado por el fuego. El Tyrannosaurus Rex será derrocado de su trono junto con todas las demás especies de dinosaurios no aviares, sin importar su tamaño, dieta o disposición. La causa de este desastre se identificó hace décadas. Un asteroide de unas siete millas de ancho se estrelló contra la tierra dejando una herida geológica de más de cincuenta millas de diámetro. En la terrible extinción masiva que derivó del impacto más de la mitad de las especies conocidas desaparecieron durante la noche. Pero este día horrible en la historia de la vida en la tierra fue tan crítico para nosotros como lo fue para los dinosaurios, ya que permitió oportunidades evolutivas que habían estado cerradas durante los últimos cien millones de años.