Los sabios que diseñaron las bases matemáticas de nuestra civilización.
Los nombres de Pitágoras, Arquímedes y Euclides resonaron en las antiguas calles de Samos, Siracusa y Alejandría mucho antes de convertirse en el símbolo de la sabiduría misma. Pitágoras, el místico que descubrió la armonía numérica que rige el cosmos, fue elevado a categoría divina y reunió en torno a su figura una secta de seguidores. Arquímedes es popularmente conocido por grandes frases, como «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo» o el grito «¡Eureka!». Sus tratados matemáticos se ocuparon de problemas físicos con un rigor que no encontraría igual durante siglos. Euclides, con sus Elementos, reunió todo el conocimiento matemático previo en la obra más influyente de la historia de esta disciplina, un texto que serviría de manual de aprendizaje durante más de dos milenios. Estos tres visionarios aunaron el misticismo, la filosofía y la matemática para transformar radicalmente nuestra comprensión del mundo, dotándonos del lenguaje universal que ha hecho posible todo el desarrollo científico posterior.
Damos por hecho que las borrascas nos deprimen, que existe la astenia primaveral, que los vientos nos enloquecen y que la luna afecta al ciclo menstrual de las mujeres. Pero, ¿qué hay de cierto en ello? Y más importante aún, que otros aspectos ambientales o cambios meteorológicos pueden afectar a nuestra salud física y mental.
Cuando Mar Gómez, física y meteoróloga, se mudó al suroeste de Madrid, percibió cómo su cuerpo respondía al tiempo más seco y a los vientos racheados del lugar. Empujada por su curiosidad científica, se sumergió en el estudio de la meteorosensibilidad, una disciplina poco conocida pero que tiene respuestas fascinantes para entender qué efectos tiene los cambios atmosféricos en nuestro cuerpo. Y más importante aún, cómo el cambio climático que sufre el planeta nos acabarán afectando a todos.
La humanidad ha mirado al cielo desde tiempos inmemoriales para intentar descifrarlo y, a la vez, intentar descifrarnos. Pero la ciencia no ha sido nuestra única herramienta: artistas de todas las épocas y de todas las disciplinas han tratado de capturar la inmensidad del cosmos en sus obras, reflejando tanto nuestra comprensión e interpretación como las emociones que nos provoca.
De la mano de la astrofísica y divulgadora Montserrat Villar Martín recorreremos siglos de historia a través de pinturas, grabados y esculturas, entre otras manifestaciones artísticas, que han dado forma a nuestra percepción del cosmos. Y, explorando temas como las constelaciones y los mitos que poblaron la bóveda celeste, el temor a los cometas como mensajeros de la muerte, la astrología como deseo de leer nuestro destino en las estrellas y la eterna pregunta sobre la existencia de vida en otros mundos, así como su representación en las obras de Vermeer, Dante y Voltaire entre muchos otros artistas y pensadores, la autora nos descubre cómo la astronomía ha influido en nuestra cultura y nuestro pensamiento.
El libro nos sumerge en la rutina de una base marciana: entrenamientos, salidas extravehiculares, experimentos científicos, tareas de sostenibilidad y vida en equipo. Con un estilo directo y accesible, la autora narra los desafíos físicos y emocionales de la misión, el valor del trabajo colaborativo y el papel clave de la tecnología y la comunicación en un entorno extremo. Cada capítulo mezcla observación personal con divulgación científica, dando a conocer herramientas, procesos y decisiones propias del entrenamiento espacial real.
Más allá de la aventura, Misión Marte es también una reflexión sobre la ciencia como forma de exploración y compromiso. En este diario conviven la emoción de lo desconocido, la vocación por entender el mundo y el impulso de compartir conocimiento con los demás. El planeta rojo funciona aquí como laboratorio del futuro, pero también como espejo del presente: en un entorno que exige eficiencia, empatía y respeto por los recursos, las preguntas sobre cómo queremos habitar la Tierra se hacen inevitables.
Durante miles de años los seres humanos nos hemos hecho esta pregunta. Ahora, por primera vez, contamos con la tecnología necesaria para investigarlo. Pero, aunque pudiéramos pensar que existe una respuesta contundente ?sí o no?, en cuanto intentamos buscar vida en otras partes, nos damos cuenta de que la cuestión no es tan sencilla. ¿Qué es la vida, en realidad? ¿Cómo encontrarla cuando se trata de distancias siderales? Y ¿dónde somos nosotros los extraterrestres?
Publicada en 1848, Nanna o el alma de las plantas –titulada así en honor a la diosa de las flores en la mitología nórdica– fue el resultado de un arrebato visionario. Un día, a comienzos del otoño de 1843, Gustav Theodor Fechner percibió en el jardín de su casa un fulgor que emanaba del interior de las flores y tuvo la sensación de que entraba en contacto con la «consciencia» de todas las plantas que lo rodeaban. ¿De dónde podía provenir aquella misteriosa luz? Fechner lo atribuyó al «alma» de las plantas, que también puede concebirse como una mente o, en un sentido más amplio, sorteando cualquier lectura antropocéntrica, como una especie de alma vegetal. Las plantas tienen entonces su propia alma, y Fechner se pregunta por nuestra capacidad para prestar atención a las «suaves voces de las flores». Y así se presenta ante nosotros como un intérprete de inspiración panpsiquista del mundo vegetal que nos invita a imaginar la planta como «un gran tímpano golpeado por el viento», algo a lo que otorgan valor científico las actuales investigaciones en fitoacústica. Pero, además, el hecho de que las plantas se conviertan en «las cuerdas de una gran arpa del alma tocada por el viento» tiene hoy en día una sorprendente traducción científica, dado que ahora sabemos que una flor puede percibir el zumbido de un polinizador que se aproxima e incrementar el néctar ofrecido a tan útil visitante; o que las plantas son capaces de activar defensas químicas al detectar el sonido de una oruga al acecho. En suma, la planta es sensible a multitud de vibraciones y transforma ciertos sonidos en respuestas adaptativas.