La civilización presente ha dado rienda suelta a excesos de toda índole. Ya sea en el ámbito personal, social, internacional o planetario, estos excesos son prueba de la pérdida de la justa medida y de la falta de moderación, condiciones fundamentales para que la vida humana tenga el equilibrio mínimo que garantiza el buen vivir.
Este dramático escenario lleva a Leonardo Boff a recuperar un antiguo cuento, El pescador ambicioso y el pez encantado, lleno de enseñanzas, que ilustra bien la condición humana dominada por la dinámica de un deseo ilimitado. Ciertamente, tal como está, el mundo no puede seguir. Por eso es urgente explorar las distintas dimensiones de la justa medida e iluminar las vías de su realización hacia una ética y una espiritualidad nuevas.
Una reflexión radical sobre la primacía del goce desmedido en la sociedad capitalista contemporánea.
La vida contemporánea está definida por los excesos: siempre debe haber más, nunca nada nos parece suficiente. Es imprescindible un excedente de lo que necesitamos para disfrutar verdaderamente de lo que tenemos.
En El plus de goce, Slavoj Žižek argumenta que lo que excede nuestras necesidades es, por su propia naturaleza, insustancial e innecesario. Lo perverso de la cuestión, no obstante, es que sin dicho sobrante no seríamos capaces de disfrutar de lo sustancial y necesario, ni de identificar «la cantidad perfecta» para nosotros. ¿Hay alguna vía de escape al vicioso ciclo del plus de goce o estamos condenados a querer siempre más?
Referenciando desde la película Joker hasta canciones pop, desde Tomás de Aquino hasta la historia de las pandemias, Žižek sostiene que reconocer la sociedad de goce en la que vivimos tal como es puede proporcionarnos una explicación de los impasses políticos en los que nos encontramos hoy en día y plantea que si empezamos a reconocer, aunque sea un poco, que las perlas de «goce» que encontramos en el exceso son vanas y endebles, quizá podremos encontrar una salida.
«El ser humano es ahora víctima de su propia tecnología», afirmó Aldous Huxley en una entrevista a la BBC en 1961, dos años antes de morir. Célebre por su novela distópica Un mundo feliz, Huxley fue también un lúcido crítico de la civilización industrial. Desde el comienzo de su carrera de escritor, se mostró preocupado por la relación entre el progreso científico y la sociedad humana.
Los ensayos reunidos en El precio del progreso, escritos entre 1946 y 1962, muestran cómo Huxley puso por delante de cualquier otro factor para el cambio, la necesidad de cuestionar el dogma del progreso científico y tecnológico. Supo desvelar el peligro inherente a la transformación social en Occidente si dicha transformación, independientemente de su naturaleza política, no tenía en cuenta en qué medida la industrialización y la tecnología suponían amenazas patentes para la emancipación total de las comunidades humanas.
A partir de la categoría de la génesis, Derrida ofrece una original lectura de la filosofía fenomenológica y pone las bases del pensamiento deconstructivo que desarrollará hasta su muerte.
Escrita entre 1953-1954, aunque publicada en 1990, El problema de la génesis en la filosofía de Husserl intenta analizar las dificultades y reordenamientos que provocó en el fundador de la fenomenología la reflexión sobre el tiempo, el devenir y la historia, tanto en la constitución del sujeto trascendental como en la producción intencional del sentido de sus objetos, especialmente los científicos.
En esta obra de juventud, Derrida presenta el verdadero programa de su filosofía y de su escritura. Al acercarse hoy a sus páginas, el lector puede también recuperar algunos de los rasgos esenciales del fecundo e influyente panorama filosófico francés de mediados del siglo XX, donde figuras como Levinas, Sartre, Merleau-Ponty o Tran Duc Thao desarrollaron su pensamiento fenomenológico más característico.
Desde los tiempos más antiguos, las civilizaciones han reflexionado sobre el devenir de la humanidad, pero pocas voces lo han hecho con la profundidad y la claridad de René Guénon. En El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, el autor presenta un análisis implacable del colapso espiritual de la era moderna y de Occidente, trazando un paralelismo entre el dominio creciente de lo cuantitativo y la decadencia de los valores cualitativos que alguna vez gobernaron la vida humana.
En este ensayo asombrosamente profético, Guénon expone cómo el avance desmedido de la tecnología y la ciencia profana han reducido el mundo a un reino material, donde la cantidad prevalece sobre la calidad, y el sentido del sagrado se desvanece. Apoyado en fuentes tradicionales, desde la metafísica hindú hasta la teología cristiana, el autor desvela las señales de una crisis final en el ciclo de la humanidad, el cual avanza inexorable-mente hacia su culminación.
Para aquellos que buscan comprender el trasfondo espiritual del caos contemporáneo, esta obra es una lectura esencial, revelando una visión impregnada de sabiduría ancestral. La vigencia de sus ideas, escritas ori-ginalmente en 1945, resuena aún más en nuestros días, convirtiéndola en un texto indispensable para tiempos apocalípticos.
¿Qué significa ser libre? ¿Podemos siquiera demostrar que lo somos? Y si lo fuéramos, ¿por qué deberíamos subordinar nuestra libertad a una norma ética? Si el universo no manifiesta interés alguno en nosotros, ¿por qué debemos actuar moralmente?
Practiquemos o no el bien, la naturaleza seguirá su curso y continuará ciega ante los esfuerzos éticos de la humanidad. Por mucho que nos afanemos en escuchar su voz, su lenguaje resultará siempre ininteligible para nuestras aspiraciones, pues se basa en leyes matemáticas impersonales, fijadas en los inicios del universo y ajenas a cualquier preocupación por nuestra suerte y por el valor de nuestras acciones.
En este libro, Blanco intenta responder a estas inquietudes. La libertad emerge como la capacidad de crearnos a nosotros mismos, de construir, de legar algo al mañana y de ampliar los horizontes y las posibilidades de nuestra reflexión.