A lo largo de la historia, el pasado ha sido utilizado —y (re)escrito— como arma política para justificar toda una serie de discursos ideológicos que manipulan y resignifican nuestros espacios: hablamos de las evidencias físicas, desde los monumentos conmemorativos hasta los vestigios que podemos rastrear en las ciudades a través de su arquitectura y urbanismo. Estos demuestran la existencia no solo de acontecimientos del pasado, sino de formas de pensar, valores que han desaparecido o movimientos sociales que dejaron su huella en el espacio público y que se filtran gota a gota en el presente.
Cuando nuestras ciudades se remodelan en base a fantasías sobre lo que ocurrió, cuando los monumentos mienten sobre quién merece nuestro reconocimiento, o cuando directamente se destruyen, el registro histórico está siendo adulterado. Del mismo modo, cuando se nos dice que ciertos estilos arquitectónicos son ajenos a nuestras ciudades, cuando las decisiones que se toman sobre nuestro entorno no tienen ningún tipo de fundamento histórico, o cuando se privatiza el espacio público, estamos siendo manipulados. ¿Qué nos queda si ya no podemos confiar en el mundo tangible que nos rodea para decirnos la verdad?
En "Mercaderes y banqueros de la Edad Media", el gran historiador francés Jacques Le Goff estudia una de las figuras más características y atractivas de la Cristiandad medieval, mostrándonos la actividad del mercader-banquero del Occidente europeo entre los siglos xi y xv, desde su trabajo en el mercado hasta sus relaciones sociales, sus ideas políticas, creencias religiosas y gustos artísticos. En este ejercicio modélico de la «nueva historia» --cuyo objetivo es integrar lo individual con lo colectivo, lo político con lo social, económico y cultural, en pos del ideal de una «historia total»-, y al reclamar el «derecho a la historia» de los mercaderes y banqueros medievales, Le Goff reivindica una imagen distinta de la Edad Media occidental, no sólo hecha de campesinos, monjes y caballeros, sino también de otros personajes, precursores indiscutibles de la modernidad.
Mesopotamia, el país regado por los ríos Tigris y Éufrates, fue la tierra del gran héroe Gilgamesh, el rey de Uruk que no quería morir, y de la torre de Babel, el monumento bíblico de la confusión de lenguas. A pesar de su relevancia histórica como cuna civilizadora, el mundo mesopotámico es un gran desconocido. Solo parece accesible a un minoritario y selecto club, el de los asiriólogos y los arqueólogos orientalistas capaces de descifrar la escritura cuneiforme y de leer los estratos de las viejas colinas de adobe que salpican la antigua geografía de Iraq y de Siria.
Con la finalidad de dar a conocer cuál fue la contribución de los mesopotámicos a la historia de la humanidad, nace la presente obra de Juan Luis Montero Fenollós, que es fruto de su larga experiencia arqueológica en yacimientos de Oriente Próximo. El resultado es un libro en el que el autor explica el verdadero significado histórico y cultural de la antigua Mesopotamia. Y lo hace a través de una cuidada selección de siete grandes áreas temáticas: el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte.