os años veinte estuvieron marcados por la momentánea y tensa estabilidad europea de entreguerras, y en España por la dictadura de Primo de Rivera. Ortega respondería ampliamente en el recién fundado periódico "El Sol" al devenir del nuevo régimen durante estos años de su madurez intelectual, especialmente con "Mirabeau o el político", publicado después como libro en Revista de Occidente en 1927, ejemplo del género ensayístico biográfico que desarrolló con epígonos de generaciones históricas cruciales, como Goethe o Velázquez, para problematizar su función como modelos del modo de vida actual. En el caso de la figura del político francés, comienza con la definición de "arquetipo" vital, para ensayar a continuación la consistencia del político.
Acompañamos su edición con los ensayos escritos entre 1920 y 1930 en que interpreta la problemática política a distancia suficiente como para sentar las bases teóricas con que reimpulsar una participación, que ya sucedería en la década siguiente con la Agrupación al Servicio de la República.
¿Qué significa llevar una vida libre en un mundo que empuja al conformismo? ¿Qué implica desobedecer cuando la obediencia perpetúa la injusticia? ¿Y qué sentido tiene caminar sin rumbo fijo, salvo el de alejarse del ruido y pensar con claridad?
Pisar la tierra con libertad reúne tres de los textos más lúcidos y radicales de Henry D. Thoreau —Desobediencia civil, Caminar y fragmentos de Walden— en los que se entrelazan la crítica al poder, la búsqueda de una existencia esencial y la defensa de la naturaleza como espacio moral. A través de ellos, Thoreau invita a vivir con conciencia, a oponerse a lo que degrada la dignidad humana y a abrir caminos propios lejos de las sendas marcadas.
Esta edición cuenta con una introducción del crítico literario Toni Montesinos, que lee a Thoreau desde nuestro presente y lo presenta como un autor imprescindible para quienes buscan una vida más auténtica, libre y resistente.
Desde los tiempos más antiguos, las civilizaciones han reflexionado sobre el devenir de la humanidad, pero pocas voces lo han hecho con la profundidad y la claridad de René Guénon. En El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, el autor presenta un análisis implacable del colapso espiritual de la era moderna y de Occidente, trazando un paralelismo entre el dominio creciente de lo cuantitativo y la decadencia de los valores cualitativos que alguna vez gobernaron la vida humana.
En este ensayo asombrosamente profético, Guénon expone cómo el avance desmedido de la tecnología y la ciencia profana han reducido el mundo a un reino material, donde la cantidad prevalece sobre la calidad, y el sentido del sagrado se desvanece. Apoyado en fuentes tradicionales, desde la metafísica hindú hasta la teología cristiana, el autor desvela las señales de una crisis final en el ciclo de la humanidad, el cual avanza inexorable-mente hacia su culminación.
Para aquellos que buscan comprender el trasfondo espiritual del caos contemporáneo, esta obra es una lectura esencial, revelando una visión impregnada de sabiduría ancestral. La vigencia de sus ideas, escritas ori-ginalmente en 1945, resuena aún más en nuestros días, convirtiéndola en un texto indispensable para tiempos apocalípticos.
Un texto lúcido y provocador sobre nuestro papel en un mundo en el que casi todo nos puede ser entregado a domicilio, y que traza con agudeza la arqueología de una nueva mentalidad de repliegue y renuncia.
El declive y el catastrofismo permean las sociedades occidentales. Desde principios de siglo una serie de acontecimientos, tales como el calentamiento global, el terrorismo islamista, la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania parecen confirmar esta idea.
En este esclarecedor ensayo, Bruckner indaga en la mentalidad que prevalece hoy en día y que tiende de manera progresiva al retraimiento y la renuncia al mundo. Reflexiona sobre experiencias propias y plantea una de las grandes e irrefutables paradojas de la modernidad: el gusto por la reclusión ha provocado un confinamiento voluntario que sustituye aquel al que nos vimos obligados a causa de la pandemia, y cuyas graves implicaciones podemos advertir en el estado de ánimo de la sociedad de nuestro tiempo.
Apenas conocida entre nosotros, pero muy célebre y controvertida en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX, donde su desprejuiciada condena de la religión causó un tremendo impacto, Louise Ackermann ha dejado un rastro ambiguo en el que conviven la admiración y el escándalo. Rebelde, transgresora, descreída e incómoda, la pensadora y poeta parisina fue motejada de «Satán femenino» por su desusada profesión de impiedad, pero incluso sus detractores, como el muy católico Barbey d’Aurevilly, reconocieron su audacia y sobre todo su valía literaria. La obra de Ackermann llevó a cotas máximas de osadía la tradición del libre pensamiento, amparada en múltiples lecturas —Lucrecio y su maestro Epicuro, Spinoza, Shelley o Proudhon estuvieron entre sus autores de cabecera— y el propósito de ensalzar un «humanismo comprometido» frente a las fabulaciones de los credos consoladores. Acogida a una soledad radical, grata a su «indomable individualidad», Ackermann fue mucho más allá de lo que se esperaba de la literatura escrita por mujeres para defender la ciencia y el progreso desde una moral austera pero combativa, opuesta a los misterios del dogma. Al cuidado de Francisco Socas, que acompaña el texto de una extensa y ponderada introducción crítica, esta primera edición española de su obra reúne la breve autobiografía Mi vida, los Poemas filosóficos, los Pensamientos de una mujer solitaria y otros extraídos de su Diario. Todos ellos dan cuenta de la singularidad y la fuerza de una escritora excepcional, aplicada a la impugnación de lo que su traductor ha llamado las «industrias del miedo».
Este libro, nos dice su autor, es fruto de largos años de reflexión en torno a «líneas de pensamiento y experimentación poco habituales». Para él, la fuente es la imagen que mejor representa el misterio de la vida; en arquitectura, los rascacielos serían las fuentes heladas que han ido brotando en las ciudades. La forma, como afirmaba Sullivan, ha de ser siempre fiel a la función, pero, según Bragdon, la función debe expresar y determinar a la vez el significado mismo de la forma, como ocurre en los organismos naturales. Por tanto, la arquitectura ha de ser orgánica y estética, no en el sentido de «acorde con el buen gusto», sino en el más profundo de belleza.