Este libro no es tanto un manual de traducción como una amena guía cultural. No trata de metodología ni de técnica, sino de los plátanos o las higueras que crecieron en el Evangelio de san Mateo según las distintas traducciones, o del pez de Babel, criatura maravillosa que sólo había que acercarse al oído para comprender al instante todas las lenguas del mundo. Dicho de otro modo, esta obra nos descubre lo que la traducción es capaz de hacer por nosotros en todas las áreas en las que interviene, desde la literatura hasta la diplomacia, pasando por la filosofía, la subtitulación, las noticias o el turismo.
Estos Treinta y seis pasos perdidos son una suspendida realidad en la vida de Antonin Artaud, es muy conocido su viaje sobre la Tarahumara así como del Teatro de la crueldad o sobre el Teatro Alfred Jarry. Pero, ¿qué sabemos sobre esa transición entre el viejo continente y la espiritualidad mexicana? ¿Qué sabemos sobre sus andanzas en la inmensidad de la noche por los mil y un vericuetos de las zonas más sórdidas y espeluznantes del lumpenaje mexicano, que para el poeta francés significaron un sendero alterno a la salvación del espíritu? ¿Cómo era México cuando llega Artaud en 1936? ¿Cómo eran sus espacios callejeros de la clandestinidad? ¿Quiénes eran los poetas y artistas que tuvieron cierta noción del poeta francés y que algunos le brindaron ayuda, consciente o inconscientemente?
Las semblanzas de Martí y Gómez que publica don Mario Rivadulla se construyen sobre el tejido humano, ético, patriótico y político que dio origen a la independencia cubana bajo las ideas y el apostolado de José Martí, y con la estrategia y la fiereza en el campo de batalla de Máximo Gómez.
La obra destaca la importancia que dio siempre Martí a la República Dominicana en sus planes independentistas. El apóstol no solo buscó aquí al guerrero que necesitaba para impulsar la guerra cubana contra el dominio español, sino que se internó en nuestra realidad, forjó amistades y creó, en fin, una ligadura casi sublime con la dominicanidad.
Luego de la firma del Manifiesto de Montecristi, Martí se embarca rumbo a Cuba junto con el general Gómez, y mes y medio más tarde, cae Martí herido de muerte. A partir de entonces, la epopeya la concluyó el general Máximo Gómez y el vínculo domínico-cubano quedó sellado para siempre.
En Santo Domingo en 1902, Gómez dice: “Cuanto hice en Cuba, como humilde y devoto soldado de la libertad, lo hice a nombre del pueblo dominicano, cuyas miradas estaban fijas en mí”. Y don Mario agrega que “sin la decisiva presencia dominicana en las primeras y bisoñas filas rebeldes, es probable que la Guerra de los Diez Años hubiese abortado en sus mismos comienzos”.