La historia de Cartago suele contarse desde la mirada de quienes la destruyeron. Pero durante casi seiscientos años, esta poderosa ciudad del norte de África fue una de las civilizaciones más ricas, influyentes y temidas del Mediterráneo occidental. Hogar de figuras legendarias como Aníbal y Dido, de imponentes elefantes de guerra, de creaciones artísticas de enorme belleza y de una fuerza militar capaz de rivalizar con cualquier potencia, Cartago fue mucho más que la sombra proyectada por Roma sobre su memoria.
En este libro apasionante, la doctora Eve MacDonald reconstruye la cultura perdida de Cartago y la vida de su pueblo. Gracias a nuevos hallazgos arqueológicos y a una lectura crítica de las fuentes, MacDonald rescata del silencio la historia real tras la leyenda: un viaje que se inicia en el Levante fenicio de los inicios de la Edad de Hierro y que se despliega a lo largo de toda la costa africana hasta el Atlántico. Su narración devuelve a Cartago el lugar que le corresponde en la historia mediterránea y muestra cómo su influencia fue decisiva para el mundo antiguo. Recuperada de los romanos, esta es la versión cartaginesa del relato. Una historia que revela una verdad incómoda: sin Cartago, nunca habría existido Roma.
¿Qué hacer con el pasado? Quizá en ningún otro tiempo hayan competido tantas respuestas a esa difícil pregunta. Ante ella, la obra de Walter Benjamin señala una vía para el pensamiento y para la acción. Leída en confrontación con las de Ernst Jünger, Georges Sorel y Carl Schmitt -referentes mayores de la llamada revolución conservadora-, aparece como la de un revolucionario a contrapelo, un conservador de las tradiciones olvidadas. La memoria de las víctimas, nos dice Benjamin, puede ser nuestra mayor fuerza en la construcción de una política para la humanidad.
Palabras que hieren ha sido reconocido universalmente como una obra magistral y uno de los libros más importantes de Judith Butler. En este análisis de los debates alrededor del discurso de odio, la pornografía y la homosexualidad, Butler sostiene que las palabras pueden herir y que la violencia lingüística es un tipo de violencia particular. También sostiene que este discurso es emocional y fluido porque sus efectos a menudo escapan al control del hablante, moldeados por la fantasía, el contexto y las estructuras de poder.
Butler insta a la cautela en el uso de la legislación para restringir y censurar la libertad de expresión, pues aunque el discurso de odio puede reforzar las estructuras de poder, también puede replicar el poder en formas que separan el lenguaje de su capacidad de causar daño. Por ejemplo, en los casos en que el lenguaje injurioso es internalizado por prácticas estéticas que buscan enfrentarse al daño y reducirlo, como ocurre en el rap y en la música popular, las palabras también pueden ser una forma de reconocimiento y usarse como réplica.