¡El libro que todo judoca debe leer!
Un detallado recorrido por la historia del judo, sus orígenes, sus técnicas y la figura de Jigoro Kano, su fundador.
El judo surgió en Japón hace más de cien años, a pesar de lo cual gran parte de su creación y evolución siguen siendo un misterio fuera de Japón. Syd Hoare indagó en las fuentes originales, escribiendo por primera vez una descripción esclarecedora de cómo dos sistemas japoneses de combate sin armas poco practicados se convirtieron en un deporte olímpico practicado en todo el mundo.
Este es un libro que todo judoka, entrenador, árbitro y maestro debería leer. Muestra el crecimiento del judo desde sus primeros tiempos, la creación y desarrollo de sus técnicas y reglas, y la superación de diversas vicisitudes, algunas de las cuales siguen afectando al judo actual.
Sin duda, Syd Hoare le hizo un gran servicio al judo al traducir material procedente de numerosas fuentes, tales como el sumo, el kendo, el jujitsu o la lucha, dotando al judo de una nueva perspectiva.
El judo es el arte marcial japonés más practicado hoy en día en todo el mundo.
Obra de referencia para todos los practicantes de judo.
Esta es una guía indispensable para todos los practicantes de judo que quieran conocer más sobre su arte marcial. No solo se explica la filosofía del judo en detalle, sino que se dan a conocer muchos datos sobre la figura de Jigoro Kano, su fundador.
Desde la primera cruzada, la guerra de los cien años, la guerra de las Rosas, o el reinado de Carlos XI y su disputa con el conde de Burdeos, los acontecimientos históricos más relevantes del periodo tienen un punto en común, el uso de la información se convierte en indispensable, tanto para ocultarla como para transmitirla, y así comienza el uso del espionaje y la importancia para comerciar con ello. Desde los primigenios embajadores, hasta los primeros espias profesionales, nos encontramos una amalgama de personajes, muchas veces anónimos, que han cambiado el transcurso de la historia.
«El gozo que van a pregonar estas páginas no es el que se experimenta porque las cosas vayan bien, sino el que no cesa de brotar ‘a pesar de que’ las cosas vayan cuesta arriba (no quiero decir mal). Este es, me parece, el sentido de la bienaventuranza cristiana: no se promete en ella la felicidad a los pobres porque vayan a dejar de serlo, ni a los que tienen hambre porque ya está llegando alguien con el bocadillo. El gozo que allí se promete es aquel en el que las razones para la alegría son más fuertes que las razones para la tristeza, no el gozo que proporcionan la morfina o la siesta.
A esa alegría –os lo juro– no estoy dispuesto a renunciar. Este libro prolonga mi testimonio de fe en la vida con minúsculas y en la gran Vida con mayúscula».