La acuñación moderna de la filosofía no puede separarse de la crítica del prejuicio, de la sospecha de los hábitos y convenciones que rigen nuestros pensamientos y acciones. Pese a ello, la historia de la filosofía no siempre escapa al influjo de una mezcla de prejuicios, hábitos y convenciones que ofrece, como patrimonio no contestado, una cierta imagen de sus autores, temas y conceptos. Tal es el caso de la supuesta ruptura que realiza Cartesio, con su propuesta teórica, de los vínculos que antaño unían el saber filosófico con el saber teológico. Pedro Lomba muestra en este libro lo endeble de esta tesis o, en otras palabras, que la clave de bóveda de la filosofía cartesiana, en pugna con un escepticismo revestido con nuevos hábitos, tiene un nombre antiguo, pero irremplazable: Dios. La obra de Lomba ejerce así el noble oficio de la filosofía ilustrada: desautoriza nuestra comprensión prejuiciosa de la tradición. La crítica del programa cartesiano tiene un alcance inesperado: muestra la facilidad con que la filosofía se confunde con la teología política.
En 1785, cuando el gran poeta alemán Friedrich Schiller escribió su inmortal Himno a la alegría, cristalizó las esperanzas y los sueños más profundos de la Ilustración europea para una nueva era de paz y libertad, una época en la que millones de personas se considerarían como iguales. La Novena Sinfonía de Beethoven dio entonces alas a las palabras de Schiller, pero apenas un siglo después esas mismas palabras fueron reivindicadas por los propagandistas nazis y tergiversadas por la barbarie.
Cuando se trata de cómo las sociedades recuerdan estos sueños y catástrofes cada vez más lejanos, solemos pensar en libros de historia, archivos, documentales o memoriales tallados en piedra. Sin embargo, en El eco del tiempo, el galardonado crítico e historiador cultural Jeremy Eichler defiende de forma apasionada y reveladora el poder de la música como memoria de la cultura, una forma de arte singularmente capaz de transmitir el significado del pasado.
Era famosa la reticencia del escritor Milan Kundera a explayarse sobre su existencia («Olvidad mi vida, ¡abrid mis libros!») o dar explicaciones sobre su producción literaria; también, su renuncia, a partir de los años ochenta, a conceder cualquier tipo de entrevista a los medios de comunicación. Sin embargo, la estrecha amistad del matrimonio Kundera con la escritora y periodista cultural Florence Noiville permitió a ésta enhebrar, más que un denso ensayo biográfico, un retrato intimista y fascinante, una suerte de paseo a lo largo de sus recuerdos y anécdotas, una excusa para detenerse en alguna ciudad importante, comentar una fotografía, un dibujo o una determinada composición musical. A partir de largas conversaciones en cafés, charlas en su apartamento parisino y de un esclarecedor viaje a la Moravia natal de Kundera, Noville nos presenta a un Kundera irónico y lúcido, y sobre todo nos invita a (re)descubrir a uno de los mayores escritores del siglo xx, un autor que con sus novelas y ensayos ridiculizó las utopías e ideologías y nos hizo reflexionar sobre las pasiones que alimentan nuestros sueños y nuestras mentiras.