El Japón es el país de la escritura. En 1970, Roland Barthes dedica una obra al sistema simbólico japonés, en un viaje no por el Japón rela, sino por el de sus signos. Barthes no es el turista que pasea por las calles, degusta la gatronomía o asiste a representaciones teatrales, sino el semiólogo que se afana por interpretar el significado y el significante. El resultado es un tratado sobre el signo, sus reglas y su belleza.
Con El Imperio de los signos, Roland Barthes, uno de los máximos representantes del postestructuralismo francés y uno de los padres de la semiótica moderna, inicia una fase en la que comienza a sentirse escritor, a construir un estilo propio; en palabras del autor: "Este libro es una especie de entrada, no tanto en la novela cuanto en lo novelesco"
Una extraordinaria lección de historia sobre cómo y por qué naufragan las democracias.
Desde su nacimiento en la Atenas del siglo v a.C., la democracia ha mostrado su fragilidad y ha corrido múltiples peligros. Desde ese momento histórico, han sido pocas las ocasiones en que los ciudadanos europeos (y no todos) han gozado de plena libertad política. ¿Cómo surgen las dictaduras?, ¿cómo se mantienen en el poder?, ¿cómo consiguen manipular el pasado y la información? Este libro explora la historia de los golpes de Estado, desde la antigüedad grecolatina hasta la Marcha sobre Roma de 1922 o la España de 1936. Tras describir la forma en que los sistemas totalitarios arruinan la vida de los ciudadanos, aborda el infame papel de los verdugos y genocidas voluntarios, desde Auschwitz hasta los Balcanes, pero también el valor suicida de tantos resistentes a la tiranía. Apoyándose en lecturas, viajes y en sus experiencias personales como corresponsal de guerra, el autor recorre los paisajes europeos donde dictaduras de todo signo han dejado su impronta y recrea episodios (como la Revolución de los Claveles, la Transición española o la caída del Muro de Berlín) en que, contra todo pronóstico, la democracia consiguió finalmente echar raíces.
Hace tiempo que perdimos la fe en la idea de que las personas podríamos alcanzar la felicidad humana en un estado futuro ideal. Pero, aunque hayamos perdido la fe en las utopías, lo que no ha muerto es la aspiración humana que ha hecho que ese tipo de imagen resulten tan cautivadoras. De hecho, dicha idea está resurgiendo de nuevo como una imagen centrada ya no en el futuro, sino en el pasado: un pasado abandonado y redivivo que podríamos llamar retrotopía.
Fiel al espíritu utópico, la retrotopía es el anhelo de rectificación de los defectos de la actual situación humana, aunque, en este caso, resucitando los malogrados y olvidados potenciales del pasado. Son los aspectos imaginados de ese pasado —reales o presuntos— los que sirven hoy de puntos de referencia a la hora de trazar la ruta hacia un mundo mejor.