1625 fue el año de las victorias, en el que la España imperial hizo alarde de la mayor maquinaria militar de su tiempo.
Franceses, holandeses, ingleses, daneses, suecos y príncipes de otros estados se coaligaron con el objetivo de neutralizar a la potencia hegemónica, la Monarquía española.
El imperio donde no se ponía el sol se vio atacado en tres continentes, dos mares y un océano. Mientras llevaba la iniciativa en Flandes, con el espectacular sitio de Breda, organizó la mayor fuerza anfibia de su tiempo, cinco tercios de infantería y casi sesenta navíos, y la proyectó al otro lado del Atlántico para recuperar la capital brasileña, Salvador de Bahía.
Las armas españolas también acudieron en ayuda de la República de Génova y del valle de la Valtelina, guerras subsidiarias de Francia orquestadas por su materia gris, el cardenal Richelieu. Y aún tendrían que rechazar tres ataques más en San Juan de Puerto Rico, en Mina, actual Ghana, y en Cádiz.
Para todo gobernante, como para todo jefe militar, es imprescindible conocer las circunstancias concernientes a sus antagonistas y adversarios (reales o potenciales), con el fin de neutralizar cualquier amenaza y afianzarse en el poder. Sin esa información, las probabilidades de que un gobierno sea derrocado, o de que un general sufra una severa derrota, aumentan de forma exponencial. De ahí que las actividades y servicios de inteligencia hayan sido una constante a lo largo de la historia.
A pesar de la importancia fundamental de este fenómeno, su existencia ha sido a menudo soslayada en lo que respecta a las sociedades del pasado. Sea por la dificultad que entraña la frecuente escasez de fuentes, por el temor a pecar de anacronismo o debido a inconscientes prejuicios idealistas, manuales y monografías acostumbran a negligir el tratamiento del papel desempeñado por las actividades de espionaje y contraespionaje en la Antigüedad.
En los siglos transcurridos entre la invención de la imprenta y el nacimiento de los derechos de autor, incluso los hombres y mujeres más ilustrados creían en la necesidad de vigilar la circulación de los libros y reprimir las ideas consideradas perjudiciales para la sociedad. ¿Qué distinguía al sistema de censura romano de los mecanismos de control vigentes en otras partes de Europa? Y, sobre todo, ¿cómo influyó la censura eclesiástica en la evolución de la cultura italiana durante la Edad Moderna? Este libro reconstruye los medios con los que Roma trató de impedir la circulación de libros considerados peligrosos y, al mismo tiempo, las estratagemas con las que autores, impresores y lectores intentaron burlar esos controles. La censura era eliminación, supresión, borrado, pero también sustitución, restitución, reescritura. El éxito de la política religiosa y cultural de la Contrarreforma pasó también por la capacidad de devolver a los fieles una serie de textos en sustitución de los libros que ya no estaban disponibles. El libro desaparecía y luego reaparecía bajo formas diferentes, alejadas, pero no totalmente nuevas al respecto su apariencia original.