Si en Los años de fuego (Renacimiento, 2020) Fernando Castillo levantaba un retablo de episodios y personajes europeos desde 1914 hasta 1991, en fervor del acero las fechas de los cinco ensayos que contiene se sitúan entre los comienzos de las dos guerras mundiales. En una introducción «sinfónica» se nos ofrece una completa lección sobre el hecho universal de la guerra, deteniéndose en las del siglo xx desde varios puntos de vista: ideológicos, históricos, militares y literarios. De Jünger y de Mussolini se exponen sus vivencias durante la Gran Guerra a través de sus obras Tempestades de acero y Mi diario de guerra, ejemplos de lo que significaron las trincheras y las nuevas armas bélicas y del profundo cambio en el orden mundial que supuso. Les siguen dos figuras menos conocidas, soldados en contiendas posteriores. Con von Salomon y Los proscritos nos acercamos a los Freikorps y a los cuerpos paramilitares tras la derrota de Alemania en 1918. García Serrano coincide con von Salomon en su aversión al liberalismo y en la exaltación de la violencia. Su novela La fiel infantería nos permite asomarnos a la Guerra Civil Española y su trayectoria da cuenta de la evolución de la Falange hasta su apropiación por el franquismo. Como es habitual en sus escritos, ya sean históricos, viajeros o artísticos, Fernando Castillo aúna su gran conocimiento de la historia, en sus facetas más recónditas, y una especial maestría en el dibujo de personajes, hechos y situaciones, y lo hace con rigor y voluntad literaria, incitándonos a la lectura de las obras comentadas. Juan Lamillar
Puede que hoy sintamos más intensamente bajo nuestros pies el temblor de la destrucción de los monumentos. Movimientos como "Black Lives Matter", las justas reclamaciones de los descendientes de pueblos colonizados o las luchas por la memoria histórica tras las dictaduras del siglo XX han exigido reparaciones simbólicas que a menudo pasan por intervenir, retirar o demoler estatuas de personajes y acontecimientos heroificados por una sola versión de los hechos. Sin embargo, como nos invita a reconocer aquí Mauricio Tenorio, el subir y bajar de los monumentos es tan viejo como la propia historia. La auténtica novedad reside en el flamante monumento de nuestra era: el "selfie", la imagen que, gracias a la magia de las redes sociales, pretende congelar el gesto de destrucción como un acto monumental que rinde honores a la verdadera justicia y al definitivo progreso, y que ofrenda los escombros del presente en los altares de un futuro mejor, más ético y puro. Pero basta meter las manos en el barro del pasado para convencerse, con el autor, de que la historia no es sino una sucesión de infamias, y nada en ella nos indica que el porvenir tenga la capacidad de conjurar sus males. Frente al gesto reductor y estéril de la destrucción, Mauricio Tenorio propone buscar refugio en la ironía para alumbrar, con una buena dosis de autocrítica, la posibilidad de una relación con la historia que permita hacer cuentas con aquello que incomoda políticamente, mirándolo cara a cara. Repensando nuestros usos del discurso histórico y del espacio público, y, sobre todo, desmitificando sus poderes, tal vez podamos ofrecer a nuestra generación y a las que vengan algo más que ruinas.
Un profundo desamparo existencial se extiende y consolida preocupantemente en todo el globo. Diana Aurenque Stephan atribuye dicha orfandad al olvido del animal ancestral que somos, al desconocimiento de su racionalidad ancestral y de los modos en los que esta articula la organización social y la convivencia política.
A partir de este diagnóstico, la autora nos plantea formas de relacionarnos comunitariamente más sanas, menos nerviosas y ansiosas, que nos conduzcan hacia una política de mayor amparo. ¿Cómo logramos acercarnos siendo tan distintos y distantes? ¿Cómo anclarnos sensatamente en un nosotros? ¿cómo desarrollar la individualidad resguardando la pluralidad? ¿cómo pensar una comunidad amplia que ampare sin que oprima?
A partir de estas preguntas, la filósofa propone una terapéutica psicopolítica y filosófica original, que piense en el rol político de los ancestros, del mito, de la música y de la voz, del nihilismo, entre otros, para imaginar un nuevo amparo. Uno que nos cure –con algo de magia- del desarraigo del sujeto y su logos huérfano, para así anclarnos de nuevo –o por primera vez– a una tierra de pasado, presente y futuro común de animales ancestrales.