Un apasionante ensayo literario sobre la gran epidemia del siglo XXI: la soledad.
Se puede estar solo por muchos motivos. Hay solitarios forzosos y solitarios por elección; hay soledades pasajeras y eternas; soledades que desembocan en la locura y otras que nos llevan al placer y la creación. Se puede estar solo en una isla, como el capitán Pedro Serrano, que inspiró la figura de Robinson Crusoe tras un naufragio en 1526, y también está sola el ama de casa que plancha mientras espera, la estrella del pop que se refugia en su habitación de hotel y la llamada «ballena de 52 hercios», que lleva treinta y cinco años cantando en una frecuencia que ninguna otra ballena puede oír.
Los primeros escritos filosóficos de Mao Tse-Tung no solo propiciaron el estallido de la insurrección y cimentaron la base de la China revolucionaria. Tampoco constituyen únicamente un conjunto de textos agitadores e incendiarios. Estos textos de Mao son, antes que nada, una de las revisiones más importantes del materialismo dialéctico de Occidente. El explosivo comentario que el filósofo inconformista Slavoj Žižek realiza sobre estos conduce a conclusiones insólitas sobre la fundamental importancia que el pensamiento de Mao ocupa en la doctrina revolucionaria. De este modo, y haciendo justicia con el padre del comunismo chino, el esloveno lo sitúa en la cima del pensamiento político del siglo xx.
A los ojos de un extranjero, un gaijin, Japón sigue siendo aún hoy el lugar más exótico e insondable del planeta.
El respeto de sus gentes por la naturaleza, su concepción del arte, su sentido estético, su percepción de la belleza, la influencia de la religión y la filosofía en su vida diaria, la búsqueda de la armonía y la importancia de la espiritualidad y de la contemplación, conforman una cultura y unos valores muy alejados del sentir occidental.
La ceremonia del té (cha-no-yu), un ritual en el que cada detalle es esencial en la búsqueda de la perfección estética y espiritual, refleja mejor que ninguna otra celebración, la verdadera esencia de Japón.
Preparar un té exige una atención exquisita por cada detalle: armonía, elegancia y destreza en los movimientos de quienes lo preparan, generalmente mujeres, y una atmósfera perfecta en la que nada se deja al azar. Todo aquel que disfrute de esta milenaria bebida debe alcanzar un estado espiritual de profunda serenidad.