Pocos comentarios al padrenuestro revelan como el de Simone Weil la esencia de esta oración cristiana y universal.
En el verano de 1941, Simone Weil traduce el padrenuestro y lo aprende de memoria. «La dulzura infinita de aquel texto griego», escribirá más tarde, «me impresionó de tal modo que durante algunos días no pude dejar de repetirlo incesantemente». Era la primera vez en su vida que rezaba. La recitación del padrenuestro llegará a ser para ella un ejercicio privilegiado de atención sobrenatural. Su comentario constituye una preparación de la práctica de la oración. Fiel a su literalidad original, va desgranando su sentido palabra a palabra, petición a petición.
«Padre nuestro que estás en los cielos. Corte brusco, ruptura que nos enseña la diferencia que hay entre la naturaleza de lo necesario y la de lo bueno». (Simone Weil)
«El nacionalismo es sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo. Si existe el peligro de aniquilación total de la humanidad, lo más probable es que dicha aniquilación provenga de un estallido irracional de odio contra un enemigo u opresor de la nación real o imaginario […]. Quizás la humanidad viva lo suficiente para ver el día en que el nacionalismo parezca absurdo y remoto, pero para ello deberemos entenderlo y no subestimarlo; y es que aquello que no es comprendido no puede ser controlado: domina a los hombres en lugar de ser dominado por ellos.»
«El imperio de la ley es la única alternativa al imperio de la fuerza. Sólo bajo el gobierno de las leyes, el ser humano puede vivir en libertad y en paz. Si no nos sometemos al Derecho, la ley del más fuerte, las fauces del totalitarismo acechan y amenazan con devorar la libertad y la convivencia», señala el autor en la introducción a este libro.
El imperio de la ley es un concepto jurídico que somete la acción estatal a una regla fundamental: la Constitución. La dignidad del ser humano es un valor básico de la propia Constitución que está necesariamente relacionada con la libertad, también con la libertad política, es decir, con la democracia.
El imperio de la ley, o lo que es lo mismo, el Estado de derecho, pone de relevancia que el principio del derecho constitucional es proteger la dignidad de los individuos. Sin embargo, para que el derecho incida en la conciencia social, no tanto de los juristas sino de toda la sociedad, es preciso fomentar una cultura cívica a través de la enseñanza y la educación, así como también por parte de las propias instituciones y de las personas. Y si esto fracasa, el Estado de derecho también fracasará, porque, si bien las garantías para proteger al imperio de la ley son, ante todo, jurídicas, también son políticas y sociales.