Ésta es la historia del siglo XX a través de su música, desde la Viena de antes de la Primera Guerra Mundial hasta el París de los años 20; desde la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin al Nueva York de los años 60. Transportando a los lectores por el laberinto del sonido moderno, Alex Ross nos descubre las conexiones entre los acontecimientos más importantes y los compositores más influyentes, hombres que se rebelaron contra el culto al pasado clásico, lucharon contra la indiferencia del gran público y desafiaron a dictadores.
El rugido de nuestro tiempo es a veces decolonialista y a veces panhispanista, pasa del insulto al lamento y de la santimonia al chasquido de la motosierra. En cualquier caso, se manifieste como se manifieste, hay que prestarle atención porque es una pista para entender las ideas y los valores que están moldeando el presente de nuestras sociedades. Esta labor, la de comprender y analizar el presente, la inicié hace seis años con Salvajes de una nueva época, y continúa con este ensayo. Seguirá en el futuro, ojalá con menos rugidos y menos salvajes, con menos desórdenes y extravagancias de los cuales dar noticia».
Un viaje al corazón oscuro de la mente humana contado con rigor y sin morbo.
¿Por qué hacemos daño? Esta es la pregunta más perturbadora a la que Juan Enrique Soto, psicólogo y especialista en análisis de conducta criminal, se enfrenta en este libro.
¿Es posible comprender el mal sin caer en el morbo? ¿Se puede analizar la conducta más atroz desde la razón, sin traicionar la sensibilidad?
Con una mirada que combina ciencia, ética y experiencia, El rostro del mal evita los tópicos y se aleja del sensacionalismo para ofrecernos un recorrido riguroso por las raíces del daño humano. A través de casos reales, análisis psicológicos, claves biológicas y reflexiones filosóficas, el autor nos invita a observar el mal como un fenómeno complejo, muchas veces invisible, pero siempre inquietante.
Este libro no promete respuestas definitivas, pero ofrece las mejores preguntas, y una certeza: solo si comprendemos cómo se gesta el mal, podremos reconocerlo, prevenirlo y, quizá, oponerle resistencia.
Porque entender el mal no es justificarlo… pero quizás sea la única forma de no repetirlo.