Una relectura de la intimidad en la Edad Media a través del arte románico.
Vulvas, partos, penes erectos y parejas en pleno coito pueblan las iglesias románicas de nuestra geografía repartidos por portadas, capiteles y canecillos. Estas imágenes sexuales, algunas de ellas muy explícitas, han generado estupor, sorpresa e incluso rechazo en nuestra contemporaneidad, dando lugar a todo tipo de explicaciones sobre sus intenciones y significado. Sin embargo, su proliferación y espontaneidad indican que, lejos de tratarse de una representación del pecado, como a menudo se han interpretado, mostraban una sexualidad mucho más abierta y acorde con la mentalidad de quienes promovieron la construcción de estos templos.
El libro demuestra cómo, entre los siglos XI y XIII, tuvo lugar una intensa lucha por el poder político en la que el sexo (o su ausencia) se convirtió en uno de los principales argumentos legitimadores de las élites sociales. Una batalla ideológica que dejó su huella en las imágenes sexuales románicas que desafían nuestra lógica actual.
El Derecho es un fenómeno omnipresente en nuestras sociedades. Prácticamente no hay ninguna relación social que quede al margen del Derecho, pero lo jurídico es sólo un aspecto de lo social del cual -eso sí- no se puede prescindir si se quiere entender algo del mundo que nos rodea.
El sentido del Derecho pretende contribuir a esta tarea de clasificación planteando -y tratando de contestar a- algunas de las cuestiones más generales y más básicas en relación con el Derecho: por qué existe; en qué medida consiste en normas; qué relación guarda con la moral y con el poder; para qué sirve; qué funciones sociales cumple; cómo debería ser; a qué valores debería servir y qué objetivos debería plantearse; cómo puede conocerse y de qué manera ha de construirse una ciencia del Derecho; hasta qué punto consiste en una actividad argumentativa y cómo ha de entenderse su aplicación e interpretación.
La idea de fondo es que lo que da sentido al Derecho no puede ser otra cosa que la aspiración a la justicia o, para decirlo en términos más modestos y más realistas: la lucha contra la injusticia.
El declive del campo como síntoma y causa del declive de la civilización
En una época que idealiza la tecnología y desprecia el campo, Julio Llorente lanza una tesis de fondo: la agricultura no es un sector más de la economía, sino el cimiento mismo de la civilización. Sin cultivo no hay cultura; sin arraigo no hay comunidad; sin tierra no hay cielo. Allí donde el campo agoniza, también lo hace una forma plenamente humana de habitar el mundo.
A lo largo de estas páginas, el autor recorre el ecologismo antiagrario, el nomadismo contemporáneo, la agroindustria, la pérdida de los oficios manuales y el declive del arraigo. Frente a la utopía tecnológica y la fantasía de la autosuficiencia, reivindica la fi gura del agricultor como custodio de la realidad: alguien que sabe que la vida depende de un don, que el progreso tiene límites y que toda cultura duradera nace del cuidado.
Con una prosa tan rigurosa como apasionada, Llorente dialoga con la tradición humanista y la proyecta sobre los dilemas actuales, combinando el análisis cultural con la invitación filosófica y la intuición poética.
En esta reflexión sobre la naturaleza humana, el trabajo, el arraigo y la dimensión espiritual del cultivo late una convicción sencilla: el campo conserva una sabiduría elemental que la ciudad ha olvidado y que ninguna tecnología puede reemplazar.