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ELOGIO DEL PELIGRO

No hay nada que temer porque todo es peligroso. Solo este aprendizaje podrá quizás reconciliarnos con la prodigiosa amplitud del acto de pensamiento. El peligro nos rodea, habita en nuestro quehacer cotidiano y nos angustia cuando se nos escapa. Ante esto solo buscamos una cosa: seguridad. Pero este reclamo no proviene de nosotros, abrumados por la realidad que nos sobrepasa. El miedo es ante todo un vasto proceso político de definición, en el que lo que está en juego es ni más ni menos la posibilidad de una distinción entre lo pensable y lo impensable. En un texto lleno de virtuosismo, en el que combina música y derecho romano, filosofía e historia, psicoanálisis y teología, Laurent de Sutter nos recuerda hasta qué punto temer el peligro es hacerse eco del temor de un poder para el que la seguridad es la mejor manera de perpetuarse. «Elogio del peligro» permite mantener las puertas abiertas a la posibilidad y al registro de lo probable. Es preciso, aprender a vivir con el peligro cada día, explorando y ampliando nuestros propios límites, para poner en entredicho las fuerzas soberanas que en pro de la seguridad nos constriñen. Nunca es a nosotros a los que el peligro debe espantar, sino a los que les gustaría administrar nuestro mundo como lo hace un propietario con su casa, de la que seríamos simplemente ocupantes ciegos e impotentes.
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ELON MUSK (BOL)

Cuando Elon Musk era un niño en Sudáfrica, sufría a menudo acoso escolar. Un día un grupo de niños lo empujó por unas escaleras de hormigón y le patearon hasta que su cara se hinchó como una pelota. Pasó una semana en el hospital. Pero las cicatrices físicas fueron insignificantes comparadas con las emocionales, las que le había causado su padre, un canalla, ingeniero carismático y fantasioso. Cuando Elon llegó a casa tras ser dado de alta del hospital, su padre le reprendió. «Tuve que escucharlo durante una hora mientras me gritaba, me llamaba idiota y me decía que era un inútil», recuerda. El impacto psicológico que su padre le causó perduró. Se convirtió en un joven fuerte pero vulnerable al mismo tiempo, propenso a bruscos cambios de humor -a lo Jekyll y Hyde-, con una gran tolerancia al riesgo, ansias de drama, un épico sentido de misión y una intensidad maníaca, cruel y a veces destructiva. A principios de 2022, después de un año marcado por el lanzamiento de treinta y un satélites de SpaceX, la venta de un millón de coches de Tesla y de convertirse en el hombre más rico de la tierra, Musk confesó con arrepentimiento su impulso por provocar el drama. «Necesito cambiar mi forma de pensar para que deje de estar en modo crisis, como lo he estado en los últimos catorce años, o probablemente toda mi vida», explicó. Fue un comentario melancólico, no un propósito de año nuevo. Cuando hizo la promesa, estaba comprando en secreto acciones de Twitter, el patio de recreo por excelencia. Con los años, cuando se encontraba en un momento difícil, se veía transportado de nuevo al acoso que sufrió en el patio del colegio. Ahora tenía la oportunidad de poseerlo. Durante dos años, Isaacson fue la sombra de Musk, asistió a sus reuniones, recorrió juntos sus fábricas, y pasó horas entrevistándolo a él, a su familia, amigos, compañeros y adversarios. El resultado es un relato íntimo y revelador, repleto de historias asombrosas, triunfos y perturbaciones, que aborda la pregunta: ¿son los demonios que mueven a Musk también lo que se necesita para impulsar la innovación y el progreso?
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ELSA VON FREYTAG-LORINHOVEN

En el presente ensayo de investigación, Joana Masó y Eric Fassin reivindican el legado de la artista y poeta alemana Elsa von Freytag-Loringhoven (1874-1927) cuya figura los historiadores de las vanguardias olvidaron y no se la reconoció dentro del movimiento esencialmente masculino que fue dadá. Podría decirse que la baronesa von Freytag-Loringhoven dio cuerpo a la vanguardia neoyorquina de principios del siglo XX: creó piezas con objetos encontrados; fue modelo lejos de la figura de una musa y performer en acciones de denuncia contra los postulados artísticos de sus contemporáneos. Llevó a cuestas un momento de la vanguardia que no llegó a hacer historia y del que también participó Marcel Duchamp de manera fugaz: ambos desafiaron la fascinación por la autoría y el mercado del arte.
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