La extraordinaria historia de un espía británico en el corazón de la Rusia revolucionaria
¿Quién fue realmente Robert Bruce Lockhart? Diplomático, espía, periodista, propagandista y seductor incansable, Lockhart fue una figura central de los grandes conflictos políticos e ideológicos del siglo XX. Destinado a Moscú tras la Revolución rusa, conspiró contra el nuevo régimen bolchevique y se convirtió en una pieza clave de la guerra secreta entre potencias en un mundo en transformación.
En Un espía de Moscú, James Crossland reconstruye por primera vez la biografía completa de Lockhart, desde su papel como «agente británico» en Rusia y su colaboración con figuras legendarias del espionaje como Sidney Reilly, hasta su liderazgo de la Political Warfare Executive durante la segunda guerra mundial, el organismo encargado de la propaganda y la desinformación aliadas. A lo largo del relato emerge un personaje tan brillante como autodestructivo, marcado por una vida nocturna excesiva, múltiples relaciones amorosas, profundas dudas personales y un talento extraordinario para moverse en los márgenes del poder.
Antes de que Picasso se convirtiera en Picasso, el icónico artista que es hoy una de las figuras más destacadas del mundo, la policía lo tenía bajo constante escrutinio. En medio de las tensiones políticas de la primavera de 1901, los servicios de seguridad le señalaron como anarquista. Esta se convertiría en la primera de las muchas entradas que llegarían a formar un extenso expediente policial.
Aunque no tardó en convertirse en el líder de la vanguardia cubista ni en lograr grandes retribuciones por sus obras a medida que su reputación crecía en todo el mundo, el arte de Picasso quedó excluido en gran medida de las colecciones públicas en Francia durante unas cuatro décadas. Al genio que concibió el Guernica como una declaración visceral contra el fascismo en 1937 se le negó la ciudadanía francesa incluso tres años después, en vísperas de la ocupación nazi. En un país en el que la policía y la conservadora Academia de Bellas Artes representaban dos de los principales pilares de la oligarquía de la época, Picasso se enfrentó a un triple estigma: el de extranjero, ideólogo radical y artista de vanguardia. Un extranjero llamado Picasso aborda la carrera y la obra del artista desde un ángulo completamente nuevo, basado en unas extensas fuentes de archivo que, a pesar de ser fascinantes, se han desoído durante demasiado tiempo.
En esta innovadora narración, Picasso emerge como un artista adelantado a su tiempo tanto estética como políticamente, un artista que ignoró las costumbres nacionales en favor de las formas cosmopolitas contemporáneas. Eligió el sur antes que al norte, las provincias a la capital y los artesanos a los académicos, al tiempo que alcanzaba una gran fama.
En una visita al Museo Británico, Félix de Azúa advierte el sutil desplazamiento del interés de los visitantes desde las salas dedicadas al arte griego hacia las del antiguo Egipto. A partir de esta observación, se plantea una pregunta sobre los cambios históricos del gusto, que le servirá como punto de partida de una breve historia del estilo gótico. Este, al igual que el clasicismo, ha conocido épocas de auge y de declive, y su fortuna ha respondido a las oscilaciones de la sensibilidad cultural a lo largo del tiempo.